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No rotundo a escribir

  • No rotundo a escribir | Diego Aristizábal
    No rotundo a escribir | Diego Aristizábal
30 de junio de 2010
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Uno de los invitados más especiales en el Festival Malpensante de este año será el escritor Enrique Vila-Matas, quien hace poco presentó en España su nueva novela " Dublinesca ", la cual narra la vida de un hombre que se considera el último editor literario y quien a través de sus premoniciones piensa que su vida está ligada entrañablemente a Dublín; por eso en compañía de ciertos amigos decide acudir justo en la fecha que se celebra el Bloomsday para recorrer el corazón de donde se desarrolla el " Ulises " de Joyce.

Como este libro todavía no llega al país, apenas puedo escuchar en el blog del escritor algunos párrafos en la voz de Vila-Matas, quien en un video habla de la obra mientras recorre el Dublín de Joyce.

Pero bueno, no diré más sobre este libro que no conozco todavía, quiero recordar más bien al gran escritor de Barcelona, mientras espero que llegue " Dublinesca " a Colombia, desde " Bartleby y compañía " una novela corta que leí hace varios años y que esta vez vuelvo a leer desde las líneas subrayadas.

La novela es un rastreo en primera persona de un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa y justo el 8 de julio de 1999 decide emprender un diario donde rastreará y comentará esos escritores que por alguna razón decidieron nunca más volver a escribir, se vuelven escritores del NO y por eso son llamados bartlebys, cuyo nombre surge del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Melville que de un momento a otro decide no volver a escribir y se niega al mundo.

En el libro aparece un listado juicioso de bartlebys. Número uno: Robert Walser, quien sabía que "escribir que no se puede escribir, también es escribir". Número dos: el escritor español Felipe Alfau, una especie de Salinger catalán. Número tres: Rimbaud, quien a los 19 años cayó en un silencio literario porque, según él, ya había escrito toda su obra. Y así, en medio de bartlebys enumerados juiciosamente por este hombre solitario quien después de publicar una novelita sobre la imposibilidad del amor, tampoco había vuelto a escribir una línea, aparecen otros que se complementan, que justifican el porqué de su silencio, de ese No rotundo que, en ocasiones, es lo más sensato. Como lo dice Oscar Wilde, el bartleby número 51: "Cuando no conocía la vida, escribía; ahora que conozco su significado, no tengo nada más que escribir". A los dos años se murió feliz.

Y es que tal vez algo mejor que escribir sea poder dejar de hacerlo, claro, cuando se está seguro de que se dejó algo importante por escrito, porque bartleby no es aquel que escribe unas líneas en el diario o deja una serie de novelas inconclusas y luego agotado por su incapacidad o falta de disciplina se impone el silencio. No, un buen bartleby es como el número 86 de este listado, Tolstoi, quien al final de sus días vio en la literatura una maldición y entonces renunció a escribir. Tenía razón Beckett cuando dijo que hasta las palabras nos abandonan y que con eso queda dicho todo. Por ahora sólo espero que " Dublinesca " no sea el pasaje de Vila-Matas para abrazar un silencio perpetuo.

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