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No dejemos morir más a Medellín

  • Carlos Alberto Giraldo | Carlos Alberto Giraldo
    Carlos Alberto Giraldo | Carlos Alberto Giraldo
08 de julio de 2010
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Fue un domingo, al terminar la mañana. Cuando supe la noticia, subí al lugar donde había caído. Le vaciaron el proveedor de una pistola y el tambor de un revólver. Completos. Cayó en medio de la avenida mientras que un par de muchachos, a los que él había pateado y humillado días atrás, lo abaleaban sin misericordia.

Cuando nos vimos las últimas veces aún jugaba baloncesto y fútbol. Era bueno para el deporte. Había crecido en un barrio popular del oriente de Medellín, pero no en la miseria. Siempre tuvo comida y vestuario dignos, tuvo la posibilidad de estudiar. Tenía varias hermanas dulces y bonitas y un hermano arisco y solitario. Vivió en un hogar seguro, de ladrillos, bien construido, al lado de un parque donde a veces jugábamos y me enseñó a defenderme a los puños de otros muchachos más agrios.

Yo vivía 12 cuadras abajo, en un vecindario mejor edificado y de familias de clase media con algo más de confort. En las tardes, mientras veíamos películas en casa, con un refresco y unas papas, hablábamos de las estrellas del baloncesto gringo y de la belleza desnuda de Brooke Shields, en La laguna azul.

Unos meses antes de que muriera me lo tropecé en un semáforo. Estaba en una motocicleta de alta cilindrada, tenía los ojos vidriosos y unas ojeras grandes dibujadas por los puchos de marihuana y las horas del trasnocho. Casi no me reconoce y apenas dio un saludo hosco. Era otro. Bastaron los años que me tomó ir a la universidad a aprender periodismo, para que él se graduara en las filas del crimen organizado: Mauricio ya era jefe de banda, sicario y jalador de carros. Escogió quedarse en estas calles azarosas, para aprender las lecciones que le dictaron a él y que todavía les dictan a cientos de muchachos los maestros del hampa y del narcotráfico que tenemos.

La desfiguración y la muerte de aquel amigo de infancia siempre me llevan a preguntarme ¿en qué momento de nuestra formación ciudadana, en qué escena de la película urbana de Medellín, nuestros jóvenes escogen convertirse en asesinos fríos, despojados de cualquier admiración y respeto por la vida?

Pienso también en compañeros del colegio, hijos de prestantes profesionales con los que jugué y estudié y que escogieron las balas y la mafia. Y, entonces, vuelve la reflexión: no hay excusa en la pobreza. Fue gente que lo tuvo todo y que, sin embargo, eligió por oficio el crimen y la muerte.

En la sencilla tarea de un periodista, solo soy notario de los hechos. Y todavía no escucho un discurso convincente, desde la sociología, la política, la historia y otras disciplinas sociales que me permita entender, aun hoy, cuando Medellín ha recibido tanta inversión social y tanta promoción cultural y deportiva, en especial en los barrios más pobres, por qué las balas siguen zumbando a granel.

El asesinato reciente de un bibliotecario, el de un niño futbolista y las matanzas en tabernas y calles, nos dejan un dolor sin respuesta y un compromiso: hagamos algo, todos, para que Medellín, como tantos amigos, no se ahogue en sangre de lunes a domingo.

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