Es explicable que haya preocupación en sectores de opinión pública por los excesos en que se está incurriendo en la disputa verbal entre funcionarios del Gobierno y adversarios a su gestión.
Ante la agudización del peculiar conflicto, hay quienes están buscando no tanto una reconciliación personal entre Santos y Uribe -la que sí pidió anteayer el vicepresidente Garzón-, sino la forma de civilizar esta contienda oral. Bajarles el sonido a los altavoces que salen de gargantas y de twitters de los actores de la desmesurada trifulca.
Varias veces hemos recordado que con el verbo exaltado se prendió el sectarismo partidista en años de bárbaras naciones. Proceso demencial que tuvo su fin con la creación del Frente Nacional, experimento que si bien congeló por 16 años la pluralidad ideológica en la lucha por el poder, fue una catarsis para “purificar el alma” de la tragedia, auspiciada por el fanatismo liberal / conservador.
Ahora la lucha se aparta de aquellos apasionamientos partidistas de los años 40 y 50 del siglo pasado, en la cual no fue posible darle a la retórica una ética. Hoy los temas económicos, sociales, internacionales, priman sobre los recuerdos de las controversias del decimonónico y que persistieron hasta mediados del siglo XX. Ya estos espacios, afortunadamente, no llenan los escenarios de la presente confrontación política.
No se le puede poner un esparadrapo a la discusión para asfixiarla. Rebajarle sí, repetimos, el tono de pugnacidad pero sin asordinar las razones para controvertir los actos de gobierno. Las voces discordantes de quienes glosan las actuaciones erráticas del mandatario hacen parte de la esencia del esquema gobierno-oposición, condición esencial para que exista el libre juego democrático.
Hay cosas para destacar en estos dos años del gobierno de Santos. Pero quizá más en número para reprobar. Hasta hoy, los anuncios exceden a las realizaciones. Y el papel fiscalizador en buena parte lo hace Uribe Vélez a falta de partidos sólidos y coherentes que lo ejerciten con credibilidad y consistencia.
Si bien es cierto que no pocas veces se ejerce el rompimiento con el unanimismo, recurriendo a la agresividad -con el método de los trinos, los menos adecuados para el imperio de la razón sobre la emoción- el país reclama el protagonismo independiente de voces opositoras que se alejen del ambiente almibarado que cultivan los burócratas en la llamada mesa de la unidad nacional. Parafraseando a Belisario Betancur, es preferible una “oposición desbordada a un unanimismo delirante”.
No se puede constreñir la oposición -convirtiendo su protagonismo en delito-, sino pautar reglas claras, éticas a su ejercicio. Clamar y reclamar por el buen juicio en las críticas a la gestión de Estado.
Repudiar cualquier vendaje para tapar la voz de los discrepantes o para crear un nuevo maniqueísmo fundamentado en el axioma de que solo la palabra santista tiene mensaje de vida eterna, mientras para sus adversarios se reservan los anatemas.
Posdata: A dos años del gobierno Santos ¿tendrá aún vigencia la frase del excandidato liberal Carlos Arango Vélez de que “El Dante reservó el círculo central del Averno para el delito de la deslealtad con los amigos y de traición a los grandes hombres”?.
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