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Monseñor Jaime Prieto, obispo de la paz

  • Alejo Vargas Velásquez | Alejo Vargas Velásquez
    Alejo Vargas Velásquez | Alejo Vargas Velásquez
31 de agosto de 2010
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Lamentablemente murió un pastor de la Iglesia Católica, un hombre sensible con la pobreza, la injusticia y la mentira. Todos los seres humanos tenemos un ciclo vital y nos llegará el día en que el mismo concluya; pero duele cuando un hombre excepcional como Monseñor Jaime Prieto Amaya termina su vida y más siendo una persona que podría habernos acompañado por lo menos una década más.

Tuve la fortuna de conocerlo recién fue nombrado obispo de Barrancabermeja y hubo dos graves problemas nacionales que nos acercaron, la pobreza y el subdesarrollo del Magdalena Medio y el tema de la paz. Monseñor Jaime, junto con el Cinep, de la Compañía de Jesús, fueron los artífices de la Corporación Desarrollo y Paz del Magdalena Medio y por generosidad de él y del Cinep he formado parte de la Junta Directiva del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, por mi condición de académico y de oriundo de la región.

Desde esa privilegiada posición tuve la fortuna de conocer la preocupación, los desvelos y los esfuerzos de Monseñor Prieto por el desarrollo de Barrancabermeja y de todo el Magdalena Medio, desde la presidencia de esta Corporación, así como el incansable trabajo adelantado en la dirección de este Programa por los jesuitas Francisco de Roux, primero, y ahora de su sucesor, Libardo Valderrama.

Por ello su preocupación eran los pobres de Barrancabermeja, la educación de los niños del puerto petrolero, las mujeres cabeza de familia, a las cuales había que ayudarles a construir alternativas para mercar, la emisora comunitaria para transmitirles a los habitantes de la región un mensaje de fe y esperanza; pero igualmente los problemas de los pescadores artesanales del río Magdalena y sus ciénagas, los campesinos cacaoteros de San Vicente de Chucurí y demás municipios de la región, los pequeños mineros de la Serranía de San Lucas, los habitantes de las ciénagas de los municipios del Magdalena Medio antioqueño.

En fin, todos los pobladores de esta región, acompañada históricamente con la contradicción de ser una región rica pero donde al mismo tiempo hay mucha miseria. Monseñor y el entusiasmo inagotable con que él trabajaba por los pobres de la región, lo contagiaban a uno de una pequeña parte del mismo.

Pero, igualmente, en mi condición de partícipe de varias iniciativas de facilitación desde la sociedad civil para ayudar a concretar diálogos de paz entre el Gobierno Nacional y el Eln, tuve oportunidad con Monseñor Jaime de acompañarlo a adelantar múltiples gestiones con otros colombianos de buena voluntad, aquí en la cárcel de Itagüí con los voceros detenidos del Eln e igual en el exterior, siempre con el visto bueno del gobierno de turno, porque Monseñor Jaime así como era un partidario indiscutible de la salida política negociada, era un hombre que respetaba profundamente la institucionalidad del Estado y por lo tanto no adelantaría ninguna gestión sin consentimiento de los encargados del tema en el gobierno.

Por ello tenía toda la autoridad para hablarles de manera clara y descarnada, pero respetuosamente, tanto al Eln como al Gobierno y exigirles seriedad en sus diálogos y resultados.

No hay duda de que tuve el privilegio de aprender de él, como muchos otros compatriotas, de sus buenos juicios y opiniones y la necesidad de no abandonar este empeño.

Debemos seguir trabajando, como un homenaje a su memoria y su legado, porque sus dos grandes preocupaciones vitales, el Magdalena Medio, su paz y desarrollo y la contribución a construir escenarios de paz entre el gobierno nacional y los grupos guerrilleros, para que algún día podamos tener un país donde soñar y construir sea una realidad sin riesgos vitales de todos los días.

Gracias por todo Monseñor Jaime Prieto y guardaremos su mensaje de paz y solidaridad.

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