Flaco sí está, pero eso sí, sin un rayón en su cuerpo. Flaco de aceite y gasolina. Flaco de calle. Flaco de recuerdos y ausencias. Flaco como el universo de una sola cuadra al que se limita su existencia desde que descubrió que no necesitaba nada más para sentirse feliz.
Bolívar se levanta la camisa hasta el pecho para que notemos que no tiene puñaladas, huellas de puñaladas, muy normales en un hombre que lleva 40 años en las calles.
-Esto es de saber vivir, de respetar, una que otra vez se tienen discusiones, pero todo se resuelve con paz- comenta Orlando Londoño Bolívar.
Este, su segundo apellido, es tan sonoro, que en Barrio Triste, donde a nadie le falta el remoquete, no necesitaron ponerle uno, con Bolívar bastaba para identificarlo fácil.
Y Bolívar se hizo popular, tan popular que ni los visitantes ni los comerciantes quisieron que se fuera ni él quiso irse, pues allí estaba su mundo, para qué emigrar.
-Aquí cuido carros toda la noche. Y de día igual, ¿para qué me voy a ir?... por acá me respetan, es mi mundo.
Entonces, hizo lo más natural, lo que hace uno cuando tiene arraigo en un pueblo o en un barrio: instalar residencia, anclar donde se siente amado e importante.
Y armó cambuche en una esquina, en el cruce de la calle 45 con carrera 60. Un "apartacho" móvil compuesto por dos cajones de madera, una carpa de carro que le sirve de colchón y un tendido de colchas viejas con las que le alcanza para formar una almohada endeble y para cobijarse. ¡Ah!, y un plástico negro que él clava en la pared y lo extiende en diagonal hacia el piso para quedar encerrado y protegerse del frío, de la lluvia y de los curiosos. Porque no vive solo.
-Tengo compañera, se llama Sandra Correa, tiene 37 años y hace doce que nos conocemos, ella es mi costilla, ja, ja, ja- dice Bolívar que, de muy buen corazón, la sacó de la soledad, pero con una condición muy clara:
-Yo fumaba pipa (mezcla de ceniza con basuco) y eso me tenía mal, él me dijo que si dejaba ese vicio me traía a su 'casa' con él- relata ella, que revela diez años más de los que canta su cédula.
La reina del hogar
Sandra, que era toda soledad, que era toda ausencias, que era toda casi muerte en vida, se volvió la reina del hogar. Y le cerró las heridas que lo consumían.
-Yo tenía esposa, pero una mala terapia pa'l cáncer me la mató hace 28 años, eso acabó conmigo.
Sí, casi termina con él, la depresión lo tiró a las calles a deambular sin norte, a hundirse en el hoyo casi sin fondo del alcohol, en el que solo Dios o el milagro de un amor salvan a la gente del abismo.
Bolívar -de 54 años- dice que hasta habitó las derruidas cuevas de Barrio Triste, que pagaba para dormir, pero sumido en la pesadilla de un mundo sin esperanza.
Sandra llegó. Y se volvió esperanza. Porque el amor devuelve la esperanza. Y de nuevo, Orlando tuvo familia, porque a la hija que le quedó de su primera mujer no la volvió a ver nunca ni en sueños. Dice que hoy debe tener 30 años. Y ya.
Su mundo es esto. Esto que es tan frágil como la nada. O esto que es tan fuerte como el universo. Tan de él, por lo menos.
Porque tiene casa. Casa ambulante. Casa que solo se ve de noche, cuando la calle es oscuridad y sólo la cruzan seres que parecen sombras, que van y vienen con los rostros ocultos, de andar lento, parsimonioso, como esperando algo, como al acecho.
En ese ambiente está su casa, pero es su casa. Dos cajones son su casa y sus lujos. En el más grande guarda sus colchas, sus tendidos y su ropa, su ajada ropa, un viejo radio marca Sonivox en el que todos los cantantes y locutores se oyen gangosos y un televisor que solo coge los canales nacionales y Teleantioquia.
El otro cajón es más pequeño, pero muy sonoro.
-Ahí guardo la vajilla, ¿no ve que aquí hacemos la comida y la servimos?- dice él.
Ahí en plena esquina, ante las miradas de los amigos y los anónimos que cruzan.
Y en esa esquina, en la 45 con la 60, donde en el día no hay nada, solo un almacén de repuestos, a las 6:30 de la noche aparece una casa, un plástico que cubre dos cajones y adentro una pareja que se acuesta a derrochar amor, ver televisión y conversar.
-A veces hay invitados, el que quiera ver lo acogemos, no nos vamos a llevar nada al otro mundo como para humillar- dice Bolívar.
Y Sandra echa más flores, más elogios a su libertador:
-Si no fuera por él, yo estaría mal, cuando dejé la pipa me cogió la epilepsia, me dan ataques- cuenta esta endeble mujer, de muy pocas palabras y mucha ternura.
-Él (su libertador) necesitaba era amor y yo se lo di, él también a mí, yo perdí un hijo que estaba esperando, él me dio comprensión.
Comprensión y cambuche. Para Shaolín, otro conocido habitante de las calles de Barrio Triste, el de Bolívar es el mejor "apartacho" del barrio.
-¡Uf!, toda la vida, ¿no ve que tiene televisor?, y entonces, ¡qué apartacho!
Sí. Un televisor de perillas, sin control, con imagen borrosa, que no se apaga automáticamente y de modelo viejo. Pero todo un lujo para un habitante de la calle. Y por eso cogió fama.
Del resto, Bolívar no tiene más. Una compañera que lo ama, y no más. Un barrio donde lo respetan y en el que todo el tiempo huele a aceite y gasolina, y no más. Ni familia ni más afectos. ¡Ah! Y una casa. Aunque solo existe de noche, porque a las 6:00 a.m. desaparece y se vuelve dos cajones. Uno de ellos con vajilla. El otro, con un televisor adentro.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8