Sorteamos la verdad con mayor o menor soltura desde la cuna a la tumba. Es inevitable.
Hay malabaristas capaces de ocultar la luna con requiebros y maestros en crear universos paralelos, en los que no existe el engaño en un mar de realidades inventadas.
Están los embusteros compulsivos, incapaces de comprender que la falsedad sólo es creíble si va acompañada de alguna certeza, y aquellos que prefieren escudarse en artimañas bañadas en bondad para no lastimar a sus paisanos.
Todos hemos probado las muchas variantes de este juego con fortuna desigual, y si no que tire la primera piedra quien esté libre de pecado y así sabremos que estamos ante el mayor embustero del mundo.
Sin embargo, como en todo, hay distintas clases de mentiras, no tanto por la intensidad de las mismas como por su situación y su contexto.
Por eso, no es lo mismo el silencio cómplice de los amantes infieles que las triquiñuelas de un tahúr ante los naipes, como no es igual la pasión que la deshonra. Ni es igual el cuentito de un crío cuya pelota decidió suicidarse en los cristales que el infundio de los poderosos.
Soportamos engaños de todos los colores, algunos más difíciles de perdonar que otros. Cuanto más necio nos haga parecer la burla, más arduo será olvidar la ofensa.
Hoy, en la era más difícil de la historia para ocultar fraudes, trampas y embelecos, los políticos que nos toman por idiotas lo tienen bien crudito.
Con la presunción de inocencia por delante, media España anda revuelta y la otra media aguarda explicaciones ante el escándalo de corrupción que azota al Gobierno del conservador Partido Popular y zarandea a su líder, Mariano Rajoy.
La publicación por el diario socialista "El País" –el mismo que erró estrepitosamente al llevar a portada la foto entubado del falso Hugo Chávez – de supuestos papeles con la contabilidad oculta del PP, con pagos generosos en dinero negro a sus más altas figuras, nos devuelve imágenes de los días posteriores a los atentados del 11-M.
Entonces, el Gobierno saliente de Aznar fue hostigado por una jauría enloquecida hasta lograr dar la vuelta a unas elecciones que los conservadores tenían ganadas de antemano.
En cualquier país civilizado, los políticos de un signo y otro se habrían abrazado al contemplar el centenar de muertos que dejaron en Madrid aquellos trenes, pero no en España. Aquí preferimos darnos de garrotazos a la primera.
Aquellos días de acoso sin descanso al PP nos trajeron ocho años del que ha sido probablemente el peor Gobierno de nuestra corta democracia: los dos mandatos del socialista Zapatero, el artífice del caos en el que estamos sumidos.
Sin embargo, la brutalidad de la nueva campaña exige que Rajoy, acusado directamente de cobrar sobresueldos por los informes presuntamente redactados por el ex tesorero del PP, Luis Bárcenas, dueño también de una cuenta oculta en Suiza con 22 millones de euros de dudosa procedencia, hable claro, aunque sólo sea para romper la incertidumbre.
Sólo así podrá acallar a quienes quieren su cabeza en una pica por someternos a los rigores fiscales de Alemania mientras, según braman las hordas, su partido se financiaba con la corrupción más lacerante y sus gerifaltes se llenaban los bolsillos.
Podemos soportar engaños, a veces unos detrás de otros, pero no que nos tomen por majaderos. Ya se sabe que la mujer del césar no sólo debe ser honrada, sino parecerlo. Y aquí lo único que parece, en uno y otro bando, es que los chorizos no caben ya en la olla.
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