Hace un año emprendí la tarea de escribir esta columna como una tribuna que exaltara el trabajo de los maestros, que reconociera la dignidad profesional de quienes consagran una vida entera a hacer de las jóvenes generaciones una cohorte de sujetos plenos de derechos, agentes de sociabilidad y guardianes de ética pública.
A los maestros los acompaña, o sería mejor decir, los habita la reflexión, la palabra, el impulso de traspasar los límites de la repetición y la monotonía, la capacidad para exponerse, para dejarse ver de otros, para avizorar con sus propuestas otros ideales, para proponer formas de relación que permitan el cuidado de sí mismo, del otro y de lo otro.
Un maestro valora con profundo respeto lo clásico, para entender cómo hace presencia aún un texto que es inagotable, que es leído en las improntas del presente con reverencia, reinterpretado y siempre nimbado de frescura, de tal suerte que hace posible leer el mundo contemporáneo, proponiendo conciliaciones o transformaciones equilibradas entre lo que fue, lo que es y lo que podrá llegar a ser. La historia de los clásicos muestra amorosamente y sin ambages las permanencias y los cambios que dan significado al oficio de enseñar, marcan al hilo del tiempo espacios de experiencia desde donde transitar, a partir de la reflexión situada, por un horizonte de expectativas, esto es, por el cercano futuro.
Hoy se me ocurre convocar a algunos Maestros, para encontrar en ellos una esencia intemporal que recorre los siglos de la cultura universal. Sócrates esgrimiendo preguntas a la espera de que la luz se haga en la caverna. Los sofistas jugando con las palabras. Platón inmortalizando las palabras del maestro. El Rabí escribiendo en la arena. Los alquimistas tratando de desentrañar los más profundos secretos, encerrados en sus cuartos, destilando, descomponiendo, experimentando. Avanzando en el tiempo, Galileo oteando un cielo pletórico de estrellas, y Copérnico el sol. Leonardo esculpiendo, pintando, contando, calculando, dudando, cocinando, anhelando volar. Darwin extrañado. Los mayas midiendo el tiempo, los orientales mirándose a sí mismos. Pestalozzi pregonando que eduquemos el corazón, la cabeza y las manos de los infantes, mientras Comenio postula una didáctica magna y Rousseau busca un hombre bueno por naturaleza.
Ellos son, entre muchos otros, los clásicos que perduran en las preguntas fundamentales: ¿cuántas voces son necesarias para nombrar el compromiso de hacerse maestro?, ¿cuántas palabras, cuántas cosas, cuántos trabajos, cuántos días hacen el quehacer del maestro? O más aún, ¿cuáles serían las palabras más exactas, más llenas de sentido para comprender, o por lo menos, nombrar el lugar de los maestros en todos los tiempos y en todas las culturas?
No seré yo quien las pronuncie, sólo alcanzo a decir que en este tiempo y en esta cultura, por fortuna contamos con maestros como ustedes, intelectuales, sujetos de saber. Maestros que a tono con el tiempo que nos tocó vivir, asumen un trabajo que consiste en ir a la contra, en enfrentarse al alumno con la alteridad, con aquello que no es él, para que llegue a comprenderse mejor a sí mismo, arriesgando una apuesta por la dificultad.
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