La captura de Paolo Gabriele , el mayordomo del papa Benedicto XVI que estaba robándose buena parte de la correspondencia privada del Pontífice para filtrarla a los medios, no es el único caso, ni será el último, de espionaje en el Vaticano.
La historia de la Iglesia, como ocurre en casi todos los Estados, ha estado marcada por la deslealtad y los juegos de poder.
En el caso de Joseph Ratzinger no es la excepción. Su avanzada edad, 86 años, y sus quebrantos de salud, han despertado en algunos sectores del purpurado católico el apetito por el poder y ya se habían comenzando a tejer alianzas en el caso de la muerte de Benedicto XVI.
El mayordomo sería una pieza más de esa maquinaria de poder y su objetivo sería tan macabro como devastador: vender la imagen de un papa tolerante con la corrupción, cómplice de abusos dentro de la Iglesia, e incapaz de lograr la transformación que necesita el Vaticano.
El problema para Gabriele no es sólo que fue descubierto, sino que el propio Benedicto XVI es quien ha liderado la depuración y el castigo de algunos sacerdotes que han incumplido su misión y su papel evangelizador.
Si de algo se puede acusar al Sumo Pontífice es de rectitud, verticalidad y firme decisión de reconocer los errores de la Iglesia.
La investigación que se adelanta en el Vaticano permitirá descubrir que el Pastor ha estado rodeado de lobos.
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