Las tensiones de China con Japón en el Mar de China oriental han vuelto.
En esta ocasión es la población de a pie la que pide a gritos a su gobierno, a través de los canales cibernéticos, no dejarse meter el dedo en el ojo por los nipones y sus aliados americanos. Es que las incursiones áreas estadounidenses, coreanas y japonesas que fueron la consecuencia inmediata de la declaratoria unilateral de soberanía china sobre el espacio aéreo de las Islas Senkaku, fueron muy mal recibidas por el chino de la calle.
Posiblemente este ciudadano ni siquiera está enterado de que el Convenio de San Francisco que en 1951 le otorgó la propiedad de esos territorios al Japón, no fue nunca rubricado por su país y solo tuvo el acuerdo del lado japonés. Para ellos el problema de esta ocupación ilícita de Japón sobre esas islas deshabitadas no es un asunto de política ni de soberanía. Es un tema que toca de cerca convicciones, orgullo y sentimientos y envuelve al más arraigado de ellos que es el odio popular y ancestral hacia el Japón.
Así fue como las redes sociales se activaron de manera instantánea la semana pasada y una avalancha brutal de reclamos airados circuló por las redes deplorando la falta de arrojo del sector militar quien, en opinión de los usuarios, retrocedió frente a la agresividad norteamericana. Washington había ordenado no ceder un palmo de terreno dentro del equilibrio militar de la zona al iniciar el patrullaje sobre el espacio aéreo de las islas.
La resolución de esta coyuntura para el PC chino no es sencilla. Estados Unidos considera el asunto de la ampliación unilateral de la soberanía geográfica china como una expresión de su expansionismo. Para el Japón es una seria afrenta a su propia soberanía territorial ejercida desde el siglo 19 sobre los islotes. Para los vecinos -Corea del Sur, Taiwán y Australia-, esta acción de Beijing altera el estatus quo militar regional.
Pero para los ciudadanos chinos se trata de un tema de honra con importantes raíces históricas. En 1931 el Imperio del Centro fue invadido a través de Manchuria por el Ejército japonés de Kwantung, en el más atroz de los capítulos de masacres militares que hasta hoy se hayan contabilizado en el mundo. Los chinos lo recuerdan con enorme fidelidad y dolor, ya que la ocupación se prolongó por 14 años y a lo largo de ella se produjeron capítulos aterradores en los que las ciudadanas chinas eran usadas como esclavas sexuales por el ejército nipón y se organizaron experimentos científicos con seres humanos del mismo corte de los que se practicaban con los judíos durante la ocupación nazi en Europa. Aún está fresco en muchos ciudadanos el recuerdo de estas tropelías que solo terminaron en 1945. Se cuentan por miles las familias que deploraron pérdidas humanas y humillaciones en esta carnicería que se llevó la vida de varios millones de personas.
Con este sentimiento antinipón que mora incrustado en el alma de 1.400 millones de ciudadanos, no son extrañas las acidas críticas que se expresaron en las redes sociales en contra de la debilidad del alto gobierno. Es posible que Beijing haya dado un paso en falso de cara a terceros países y de ello se encargará la diplomacia. El escrutinio de sus propios ciudadanos y la recomposición de la imagen gubernamental son temas bastante más delicados de manejar.
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