Con las imágenes de los rebeldes libios celebrando en la emblemática y gubernamental plaza verde de Trípoli, objetivo simbólico que representaba el poder de Muamar el Gadafi en Libia, la disputa para terminar con 42 años de dictadura marca sus últimas horas.
Lo que parecía en un inicio una guerra relámpago con el apoyo de Occidente ha tomado más de seis meses, miles de millones de dólares y una cantidad desconocida de muertes inocentes.
Como el más reciente de una serie de dictadores del norte de África que vieron el fin de su carrera de abusos y despilfarros en este 2011, Muamar el Gadafi dejará un país absolutamente destrozado, dividido y con un futuro incierto.
No es verdad, como parecen dibujar los análisis primerizos, que Libia empezará a caminar un sendero de rosas democráticas una vez el dictador deje su palacio. Por el contrario, muchos temen que ahora, encabezado por los jefes rebeldes, el país se desmorone en medio de una mezcolanza de ideas sin un claro liderazgo.
La guerra en Libia ha tomado mucho más del tiempo planeado por Estados Unidos y La Otán a principios de año. La idea de apoyar a los rebeldes con un soporte armado y de acompañamiento pero no involucrándose en la pelea calle a calle por el poder, ha demorado un proceso en el que el país africano se ha resquebrajado a pasos agigantados.
La actuación de Estados Unidos ha sido extraña. A pesar de ser el principal enemigo de Gadafi y de prometer un actuar relámpago para apoyar a los rebeldes, el gobierno de Barack Obama ha participado en su primera guerra como si no quisiera estar en ella dejando inconformes tanto a los pacifistas como a los bélicos.
Al ser una guerra luchada por un ejército irregular apoyado por organismos y fuerzas armadas internacionales, el escenario que se despliega ahora en Libia es particularmente novedoso y al mismo tiempo preocupantemente incierto.
En el desespero por tumbar a un dictador añejo en cuatro décadas se ha armado a hombres que tienen fines dispersos en todo el espectro de la política. Muchos, incluso, no tienen fines.
El Consejo Nacional de la Transición, órgano aglutinador de los rebeldes, es una mezcolanza de antiguos colaboradores de Gadafi con críticos de siempre y ellos mismos reconocen estar divididos en sus intereses.
Cuando una nueva era en Libia empiece a dar sus primeros pasos no es de extrañar que en los mandos principales de un gobierno de transición aparezcan caras que compartieron oficinas e ideales con el dictador derrocado.
Occidente ha apoyado lo desconocido y aunque se intente ocultar la angustia por lo que vendrá, en Libia se juega con candela.
Es difícil prever lo que hará una masa amorfa como la que ahora se hace al poder de Trípoli.
Los cánones que pretenden en la ONU marcan ideales como nueva constitución, recuperación de la resquebrajada economía y futuras elecciones. A corto plazo y bajo la lupa de la realidad lo primero al menos es esperar que no se gobierne con sed de venganza y nuevos feudalismos.
En un país en el que más de una generación conoce a la dictadura como el proceso lógico para dirigir a un estado es difícil que los valores democráticos aparezcan espontáneamente.
El anhelo es que el acompañamiento de la ONU y la Otán permitan guiar primero la transición y luego el gobierno elegido legítimamente, pero es imposible afirmar con certeza que así va a ser.
En medio de la guerra, Libia ha quedado a la deriva en muchos campos y con una riqueza mineral grande y un petróleo abundante la desconfianza no debe dirigirse solo a los rebeldes sino también hacia las grandes potencias.
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