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Las señales de Santos

  • Yohir Akerman | Yohir Akerman
    Yohir Akerman | Yohir Akerman
09 de agosto de 2010
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Es innegable el ambiente positivo que se respira con el nuevo gobierno. La mayoría de las columnas de opinión y los editoriales de los medios son entusiastas y esperanzadores. Al haber leído los analistas que escribieron sobre Santos durante la primera vuelta y estudiar esos mismos medios ahora, es difícil creer que se esté hablando de la misma persona.

Incluso aquellos que lo criticaron durante su ministerio y, posteriormente, en campaña, hoy son optimistas y ven en Santos señales de cambios positivos, resaltando que el nuevo presidente parece encaminado a seguir haciendo lo que Uribe estaba haciendo bien, pero a modificar radicalmente aquello en lo cual el gobierno pasado se equivocó.

Me incluyo en este grupo.

Todo esto tiene que ver con el cambio de Santos en los últimos dos meses. Después de mostrarse como un sumiso número dos de Uribe en la primera vuelta, una vez ganadas las elecciones empezó a deslindarse de su antecesor. El cambio no fue sólo de temas sino de tono, elemento necesario para acabar con la polarización que se estaba sintiendo en el país.

Como presidente, Santos ha mostrado una postura más liberal que la que utilizó como candidato, con un discurso de bienvenida incluyente y conciliador.

Y, por qué no, bastante sorprendente.

En el sentido homenaje que le hizo a Uribe en sus palabras de posesión, aprovechó para lanzarle las más grandes críticas que le ha hecho hasta ahora. Una estrategia de darle zanahoria, pero acompañada de mucho garrote.

Al hablar de los grandes retos que tiene el país hoy, resaltó los lunares que el gobierno de Uribe acumuló en los últimos ocho años. Con los planteamientos de que hay que trabajar en los cimientos de la economía, las fallas de la salud, los problemas de distribución de la tierra y el desafío del empleo, hizo un corte de cuentas claro con su antecesor.

Lo mismo hizo al expresar su intención de arreglar la crisis de las relaciones bilaterales con Venezuela y Ecuador y al abrir la posibilidad de un diálogo con la guerrilla, algo que durante el gobierno de Uribe se habría considerado una traición.

En conclusión, el discurso dejó ver a Santos como un gran estadista, que entiende la realidad del país, y, por tanto, está dispuesto a arriesgar su popularidad con una agenda ambiciosa.

Ojalá no se quede todo en palabras.

Pero no se puede desconocer el buen ajedrez político que ha jugado Santos desde su elección y la forma tan hábil e inteligente como ha ido consolidando una mayoría política a su alrededor. Ahora bien, para Santos, y para el país, sería un riesgo muy grande gobernar sin oposición.

El presidente Santos ha creado un clima de esperanza que se convertirá muy pronto en exigencias de resultados concretos. Por el bien del momento democrático hay que aterrizar las expectativas de la opinión pública, pero sin dejar de exigir. De lo contrario, la brecha que hay entre lo que se espera del nuevo gobierno, y lo que realmente pueden hacer -que depende también del Legislativo y de las Cortes-, va a diezmar la gobernabilidad de Santos.

Es prematuro decirlo, pero si el presidente Santos desarrolla esta estrategia directa y conciliadora que mostró en su discurso, mantiene su popularidad, y sigue jugando con un equipo profesional y técnico como el de su gabinete de Ministros, puede recuperar el espíritu reformista de la Constitución de 1991 y lograr los resultados en materia económica y social que el país necesita con urgencia.

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