El máximo líder de la Iglesia Católica abrió el debate para lo que parece ser la reestructuración más grande que ha vivido la institución en la historia. Ya era hora.
En una entrevista con la revista italiana La Civiltá Cattolica publicada la semana pasada, el Papa Francisco admitió que la estructura moral de la religión ha fracaso como "una torre de cartas".
Después de seis meses de su papado, estableció que la Iglesia tiene que replantear sus posiciones sobre los anticonceptivos, el aborto y los derechos de los homosexuales para poder hacer de la institución un lugar más incluyente para todos.
Acertado.
El Papa ya había dado indicios de esta revolución interna. El más claro fue destituir al otrora todopoderoso cardenal y secretario de Estado del Vaticano Tarsicio Bertone, quien representaba la posición más conservadora y retrógrada de la Iglesia, y era el poder detrás del poder controlando el hermetismo institucional frente a los casos de pederastia.
El arzobispo que reemplazó a Bertone, Pietro Parolin, llegó pisando fuerte al poner el debate que se puede y debe revisar el celibato obligatorio para los representantes de la Iglesia, ya que no es un dogma sino una simple tradición eclesiástica.
Si eso no es un dogma, solo el machismo o la misoginia podrían explicar que no se reexamine el celibato, al mismo tiempo que se debata la prohibición a las mujeres de ejercer el sacerdocio, que tampoco es un dogma. Interesante la puerta que abrió Parolin.
E importante la que ahora abre el Papa al insinuar que la institución tiene que dejar la obsesión por los temas de la cama, para preocuparse por los problemas de la actual sociedad como la desigualdad social en regiones como América Latina. Valiente, revolucionario y, más significativo aun, sensato.
La pregunta que surge con estos acertados planteamientos es si la religión Católica deja de ser retrógrada y excluyente, qué tanto deja de ser religión.
Difícil saberlo, pero temiendo esto, un grupo importante dentro del Vaticano ha iniciado una guerra interna en contra del Papa argentino y su equipo, por miedo a que, en su campaña por hacer más incluyente al catolicismo, se pierda la esencia de la religión.
El tiempo y la historia le darán la razón a Francisco.
Y de la energía que siga invirtiendo en asuntos como dejar la guerra contra los anticonceptivos, o hacer valer los derechos de los homosexuales, o abrir el debate del aborto como decisión exclusiva de la mujer, es que depende, a largo plazo, la supervivencia de la relevancia e influencia de una Iglesia que cada día está más relegada de los debates sociales.
Hay que normalizar los temas que son normales. Por eso la Iglesia no debe y no puede seguir en una guerra contra los derechos de los homosexuales, el divorcio, los anticonceptivos e incluso el aborto como opción de la mujer. Es mejor concentrar esas energías en entender y ofrecer apoyo a los más desfavorecidos. Ahí tienen un gran papel que jugar que es crucial para todas las sociedades. Sobre todo la nuestra.
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