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Las huellas de Gabo en Aracataca

Viaje al recuerdo del Nobel en la tierra de las semillas de su imaginación, donde renace en cada calle y rincón.

  • Las huellas de Gabo en Aracataca | En la Casa Museo, en la del Telegrafista, en el Hospital Luisa Santiaga, en el Puente Los Varados, está la huella de Gabo en Aracataca, tierra natal y semilla de su literatura. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
    Las huellas de Gabo en Aracataca | En la Casa Museo, en la del Telegrafista, en el Hospital Luisa Santiaga, en el Puente Los Varados, está la huella de Gabo en Aracataca, tierra natal y semilla de su literatura. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
26 de abril de 2014
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Dios debió esperar seis días más para llevarse a su lado a Gabriel García Márquez. Lo dice, imperturbable y franco, sentado en su mecedora de madera y mimbre, el profesor Venancio Aramis Bermúdez Gutiérrez, un ingeniero químico al que se le alteraron los compuestos de sus vocaciones y terminó estudiando las sustancias de la historia del Caribe colombiano.

—Si Gabo se nos va el 23 de abril, Día del Idioma, todo se hubiera consumado para que se erigiera como el nuevo Cervantes —comenta envuelto por un calor aletargante que llega con la tarde, en la que también flota el polvillo de un millar de documentos y expedientes que ha salvado del olvido en las notarías y archivos de Aracataca, Fundación y Pivijay, poblaciones que rodearon la niñez del escritor.

A cinco metros de la obra Una vida, del biógrafo Gerald Martin, un literato británico al que Gabo llamaba "el loco que me persigue", y que el profesor Venancio repasa acucioso para cruzar con los datos de sus pesquisas sobre la historia costeña, un gato remolón araña la reja que da a la calle por donde pasa una vendedora de bollos, esos amasijos de yuca y de coco con que la gente de la región acompaña hasta un trago de aromática.

Mirándole a los ojos distorsionados por el cristal de sus lentes, no puedo impedir una pregunta provocadora: ¿Qué piensa de quienes dicen que García Márquez le dejó poco a su pueblo, a su tierra?

—Qué culpa tuvo él de que aquí haya tal corrupción y que cada funcionario cargue una vasija de peltre para que el alcalde de turno eche las migajas de las repartijas. Gabo no tenía que traer plata ni obras. Eso le toca al Estado. Él nos regaló un lugar en la historia universal y nos dejó su obra cumbre, soberana.

Revuelve en el aire sus manos de falanges huesudas, y recobra el tono de académico severo. Le viene a la memoria ese sur del Magdalena ocupado, como lo confirman sus investigaciones, por "migrantes y blacamanes": reos temidos de colonias penales, gitanos enredadores y fugaces, árabes rebuscadores con apellidos desérticos y militares condecorados por el Gobierno central con un sol de cientos de hectáreas en usufructo.

Desde que las cosas no tenían un nombre y había que señalarlas con el dedo, a Aracataca y los pueblos vecinos llegaba "la hojarasca", una legión de desempleados y harapientos (mano de obra barata) lanzada por las guerras y la depresión económica de principios del siglo XX. Ahora el profesor Venancio se pone más costeño que nunca y remata:

—Todos ellos se mezclaron con parte de la gente de las rochelas, enclaves de negros, indios y mestizos que vivían en campos inhóspitos, desnudos y desprovistos de núcleos familiares. Aquí los nativos se dedicaron a culear y los cachacos a trabajar —por eso él cree que esa pobreza secular encaja tan fantásticamente en la invención literaria de Macondo, pero que no se le puede achacar a su autor, el Gabo.

El abajo firmante
Gabriel García Márquez llega a Aracataca. Es diciembre de 1983. Hace apenas un año que recibió el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia. Viene de incógnito metido junto a su esposa Mercedes Barcha en la banca trasera de una camioneta Toyota marrón, que viaja en caravana con otras tres. Son autos que llaman la atención en un pueblo enseñado a ver pasar por sus calles polvorientas buses intermunicipales destartalados y carretas tiradas por mulas y burros.

El maestro Robinson Mulford Leyva, que tiene 29 años, se dirige en bicicleta al colegio donde dicta clases de inglés y francés. Su admiración por Gabo y la juiciosa colección de recortes de prensa que comenzó 15 años atrás le permiten, al paso de los vehículos envueltos en un ventarrón que mece su cicla, reconocer a través de una ventanilla la figura inconfundible del escritor. Su ingreso al trabajo, a la 1:00 de la tarde, se extravía en el recreo vespertino que comienza cuando él suena la alarma en Aracataca: "¡llegó Gabito!".

El primero en atravesársele a la comitiva en media calle es Carmelo Todaro, conocido de David Beracasa, otro amigo de infancia que García Márquez, a los seis años, venció en un concurso de canto organizado por la maestra Rosa Elena Fergusson, la mentora adorable que alimentó su genio creativo. Con una tímida interpretación del bolero Perfidia, Gabo derrotó a Beracasa que desgarró su pecho y el oído del auditorio con el estribillo publicitario de un jarabe para la tos.

—¡No joda, Gabito!, yo soy más importante que tú —dice el atravesado, que golpea con euforia el capó de la camioneta.

Gabo se apea y atina a responder: —Eche, se me volvieron viejos los monos...

La charla se sella con un trago largo de amansa locos, que es como llaman los locales su Ron Caña ("el sieteletras"). Después de pedirle dinero hasta el cansancio para más licor y de reclamarle un "vale", García Márquez calma la sed de Carmelo con una nota, en papel de envoltura de tienda, que queda para la historia: "Vale por 10 botellas de ron para el mono Todaro. Gabriel".

Minutos después Gabo camina entre la muchedumbre que se agolpa en el patio de la casa de la familia Sánchez Gutiérrez. El profesor Mulford, que carga varios libros en su mochila tejida por indios arhuacos, le pide un autógrafo.

—Ajá, pero esta obra no es mía —le replica Gabo, al ver que se trata de un ejemplar de La casa grande de su amigo entrañable Álvaro Cepeda Samudio, otro de los "choferes alucinados de letras" del clan de La Cueva, en Barranquilla. Espontáneo y atrevido, Mulford le anota: —Pero sí es de uno de los camajanes que andaba con usted —. Gabo se echa a reír. —Te salvaste.

Luego, el maestro le saca un ejemplar de La hojarasca. Le pide que la dedicatoria diga "Para Robinson". Y Mulford, que parece un librero varado, intenta con otra obra más. Gabo lo regaña con ironía: —No joda, ¿crees que vine hasta Aracataca solo a firmarte autógrafos a tí?

La grabadora de Mulford, transformado en periodista empírico, persigue a Gabo por todo Aracataca. Él Nobel se niega a entrar a las casas viejas que habitó con su familia. Pareciera resistirse a caer en algún charco de nostalgia. A cada invitación a deshacer sus pasos de infancia le sigue una respuesta firme: —Aquí no he venido a hacer literatura. Vine a caminar las calles del pueblo, a sentirme uno más.

Entonces viene un apunte que Mulford le hace como sumándose al coro de la que sería esa pregunta eterna e incómoda. —Oye Gabito, ¿por qué no nos regalas un colegio? —. García Márquez, contrariado, lo mira haciéndole sentir su molestia por la inquietud tan inoportuna como impertinente: —Pídeselo al Estado, yo no soy Estado. ¿O crees que cargo un colegio por cada dedo para darles uno?

La primera vez que Robinson Mulford vio a Gabriel García Márquez en Aracataca fue en 1966. Tenía 12 años. Estudiaba en el Colegio 11 de Noviembre y su maestro Hermenegildo Álvarez, un todero que enseñaba matemática, biología y al tiempo urbanidad, les dijo a los alumnos que al día siguiente visitaría el pueblo un escritor que estaba ganando fama y que iba a ser muy importante. Ese mismo que un año después publicaría Cien años de soledad.

Con su estilo militar y enérgico, bajo los almendros frondosos que rodeaban el parque de Aracataca, Álvarez formó a los peladitos que en fila estrecharon la mano de un señor de bigote rasurado finamente, pero que vestía una camisa carnavalesca, abierta hasta el ombligo y rematada en la cintura con un nudo.

Ahí, en una tienda con un alero desaliñado de zinc, frente a la iglesia de San José y los feligreses pulcros que iban a misa poco antes del mediodía, Mulford vio alejarse a Gabo tras los acordeones de una parranda vallenata repleta de contertulios que, en sus gargantas, licuaban canciones con ron y cerveza. García Márquez repetiría su visita en 1967 para dar inicio, sin premeditarlo, al Festival de la Leyenda Vallenata, que cada año junta a juglares y parranderos cuya única ley es parar cuando se secan la voz y las botellas.

Contarla, para vivir
En este pueblo apacible y alegre, donde los talleres de motocicletas, los hospedajes, los billares y los restaurantes escolares se llaman Macondo y que tiene muros y vallas como crisálidas de las que salen mariposas amarillas, el árbol genealógico y la familia que fecundara el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, y después Luisa Santiaga Márquez junto a Gabriel Eligio García, están casi extintos.

Solo queda un primo hermano que no lleva ninguno de los apellidos del Nobel porque no es parte de la parentela criada dentro de los límites de la fidelidad familiar, pero que siempre guardó sus afectos y su comunicación con Gabito y algunos de sus diez hermanos.

En la Notaría Única y Oficina de Instrumentos Públicos de Aracataca no aparecen registrados inmuebles ni sociedades de la familia de Gabo. La jefa de este despacho, Cecilia Beatriz Fernández, una abogada cataquera "autora de muchas escrituras, pero de ninguna novela", me confirma que el único de los hermanos García Márquez que tramitó su registro civil, por correspondencia, fue Gustavo Adolfo, nacido en 1936 y fallecido en marzo pasado.

El Nobel ha sido hijo ilustre y afortunado de un municipio donde aún la mayoría de los muchachos, además de dedicarse a ser policías y docentes, sigue empleándose, como en los tiempos de la bananera United Fruit Company, que se marchó a Urabá en los sesenta, en las fincas productoras de palma africana y en las extractoras que vomitan carbón día y noche en los trenes de hasta 110 vagones que peinan el antiguo costado oriental de Aracataca.

En ese ambiente arremolinado de conflictos entre patrones y obreros, entre terratenientes y desposeídos, entre conservadores, liberales y socialistas, estallaron las masacres, no solo la de las bananeras (con 300 muertos, en 1928), sino otras más contemporáneas como La de los Ocho, el 3 de noviembre de 2002, cuando llegó al barrio Raíces una camioneta blanca a la que en la zona llamaban "la palomita de la muerte", de la que se bajaron "a dar plomo corrido" los paramilitares de la banda los Rojas.

"Aracataca vivió como en el oeste entre 1992 y 2004", me relata un vendedor de jugos que vio caer a su hermano en esas matanzas que marcan el filo entre el realismo mágico de García Márquez y el realismo trágico de un país anegado en la sangre de su intolerancia.

—El Magdalena es de tres familias, que también lo gobiernan. Los demás somos pobres de solemnidad —me ha dejado claro el profesor Venancio Aramis, que tiene una "tesis meritoria" sobre el tema.

Consulta macondiana
Es 2006. Se ha armado un revuelo porque algunos quieren que Aracataca se llame Macondo. Harán una consulta popular el 25 de junio. Aquel primo no apellidado, que igual que el abuelo coronel se llama Nicolás Ricardo (pero Arias Yance), llama a Jaime, hermano del Nobel, a consultarle si vota por el SI o por el NO. Del otro lado de la línea, llega una respuesta tajante remitida por Gabito.

—Dígale al primo: Yo nací en Aracataca, no en Macondo —Es la confirmación de que la literatura llena la imaginación de Gabo, pero Aracataca, Aracataca siempre ha estado en la realidad de su corazón.

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