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Las barrancas que son lienzos

Carlos Andrés Gómez es escultor de barrancas. Tiene cuatro obras en las afueras de Cali.

  • Las barrancas que son lienzos | Las obras de Carlos, en Cali, son un atractivo turístico más de la ciudad. FOTOS MANUEL SALDARRIAGA
    Las barrancas que son lienzos | Las obras de Carlos, en Cali, son un atractivo turístico más de la ciudad. FOTOS MANUEL SALDARRIAGA
04 de octubre de 2013
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Ya ha esculpido cuatro taludes en el corregimiento Los Andes, al occidente de Cali. Ya tiene 34 taludes vistos para esculpir. En uno de ellos, situado al lado de la serpenteante carretera que asciende al cerro Los Cristales, el mismo que preside el Cristo Rey blanco que abraza la ciudad, planea dar forma a las figuras de los diputados del Valle secuestrados por las Farc el 11 de abril de 2002. Porque así como los grafiteros andan por la ciudad buscando paredes para rayar y pintar, él busca por los extramuros barrancas para esculpir.

Su nombre, Carlos Andrés Gómez, también está esculpido en la tierra de las tres barrancas, en esa vía que de Cali conduce a la zona de Los Farallones.

—Precisamente, por esta carretera, los guerrillos se llevaron a los políticos.

Y dice "esta carretera" porque, como el escultor que permanece en su taller casi todo el tiempo, él pasa el día cerca de su obra, cerca de sus barrancas.

Como todos los artistas, él ha dibujado, pintado y esculpido de las maneras convencionales. Con pinceles y espátulas, en papeles y en telas, las primeras dos actividades; con las manos, gubias y cinceles, en maderas, arcillas y piedras, la tercera. Tiene formación en dibujo publicitario y fotografía. De niño, como no tenía plata para comprar las chocolatinas y coleccionar las láminas de ciencias naturales que vienen con ellas, dibujaba animales, plantas, piedras, planetas y estrellas de muestra de los cromos en un cuaderno. Todos le decían a Isaura, su madre: el niño va a ser un gran artista. Sí, su historia era como las de los demás artistas, que buscan su estilo y su camino. Pero un día cualquiera de hace cuatro años, observando y jugando en una barranca, encontró que en la tierra se podían formar las figuras que quisiera.

—¿Recuerda qué día? —le pregunto, más en broma que en serio a ese hombre con aspecto de deportista que tengo al frente. Qué va uno a recordar esas cosas. Sentado en una de las sillas plásticas de un estadero campestre, observo su pinta de camiseta sin mangas, cadena de plata, gafas negras, reloj grande y blanco de correa roja, anillo en el meñique izquierdo, pantalón con manchas de pintura y tenis verdes de cordones fosforescentes.

—El primero de junio de 2009.

Y explica que su arte nació en una crisis, la crisis económica de ese año. Pero que él no ha sido dado a sentirse derrotado. Siempre ha encontrado lo bueno en lo malo.

La tierra es el lienzo
La primera de esas esculturas se llama Existencia: como homenaje a la vida y al hombre. El Tiempo, el Sol, la Luna, la Noche, el Viento, el Amor, la Tierra... son los personajes que hacen girar las cabezas de quienes ascienden a esa zona turística, muchos de ellos en autos. Deterioradas, un poco, sí, como es de esperarse. ¿Acaso no están ahí a la intemperie, como juguete de las lluvias, del Sol y del viento? No obstante, si me hubieran preguntado, antes de verla, hubiera apostado que estaba más acabada, que las figuras ni siquiera se entenderían. Y está muy lejos de eso.

La segunda es El lamento de Pacha Mama es una protesta de la Naturaleza por los daños que el hombre ha causado al medio ambiente. Un recorrido por el inconsciente del hombre en su relación con el Universo. Un fósil de dinosaurio, el Génesis; los cuatro seres más antiguos: tierra, fuego, aire, agua. Los puntos cardinales, el espíritu durmiente de la montaña de fuerte nobleza. Un cóndor con alas abiertas. "Creencia de indígenas —comenta—. Y aquí, el Apocalipsis. Un lagarto". También hay un aborigen con una lanza de guadua... Esta, la lanza de guadua, es una aplicación que sobresale varios metros del barranco.

Más arriba, en la ye que bifurca la carretera —a la derecha para llegar al Cristo Rey, por donde hará a los doce diputados; a la izquierda para ir a los Farallones, por donde se los llevaron los guerrilleros esa vez— está El Gólgota. Una visión particular de la muerte de Cristo en el monte de la crucifixión. Incluye una calavera, a María Magdalena postrada, flores, el pueblo de Jerusalem, soldados, y en el suelo, un perro echado.

Lo de la calavera situada al pie de la cruz recuerda una antigua leyenda cristiana según la cual Adán fue enterrado en el mismo sitio donde, andando los tiempos, crucificarían a Jesucristo. Esa calavera encierra una doble significación: por un lado alude al Gólgota, que quiere decir "el lugar de la calavera"; y por otro, representa la calavera de Adán.

—¿Y el perro?

—Era mi compañero. Se llamaba Puto. Mantenía echado donde yo estuviera esculpiendo. Un día se murió.

Junto a El Gólgota, Carlos Andrés tiene una vasija con figura precolombina con un letrero que dice: «Fondo Artístico». Es su manera de obtener algún dinero, producto de donaciones.

En el cuarto barranco se encuentra El jardín del Edén.

Y con el tiempo ha perfeccionado su actividad. Echa color a sus figuras, con pigmentos naturales. Y cuando se derrumba una nariz, por ejemplo, él la reconstruye con portlan, un elemento del cemento.

En cuanto a la técnica, Carlos Andrés habla como Leonardo Da Vinci. Dice que su escultura consiste en quitar lo que sobra de las imágenes que quiere representar. En su caso, la tierra sobrante la retira con cuchillos y espátulas. En cuanto a los temas, Carlos Andrés habla como Carlos Andrés. Dice que son "reflejos almáticos".

—Un día visité a un psicólogo. Me dijo: deje de buscar afuera lo que tiene adentro. Y eso que tengo adentro, en el alma, son reflejos almáticos. Me van llegando.

—¿Y ya le llegaron los reflejos almáticos para las 34 barrancas que tiene vistas?

—En el barranco más largo, el homenaje a los diputados. En otro, la salsa y el caleñismo... Cali es la capital mundial de la salsa y no hay nada que exalte semejante titulo: haré una orquesta, bailarines, en una atmósfera de gran colorido. En otro talud trabajaré la paz porque, puede ser un tema trillado, casi muletilla en este país, un cliché, pero también es una necesidad. La tierra habla, la patria muere de dolor. Haré a Colombia como mujer anciana y a los hijos que se matan entre sí, con figuras zoomorfas de buitre, de lagarto, de sabandija...

Es de noche. Carlos Andrés toma el dinero de la vasija, guarda el recipiente en el estadero, del mismo que saca la bicicleta, desciende los nueve kilómetros que lo separan de su barrio Bella Suiza. Tal vez se encuentre un rato con su hija, Mariana, de nueve años, y le cuente que este domingo decenas de turistas se tomaron fotos con él delante del Lamento de la Pacha Mama y de El Gólgota.

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