Venezuela perdió una oportunidad de renovación y cambio. Una lástima. La única expectativa ahora es que el deterioro de la salud del presidente le impida quedarse en el poder hasta 2019. Terrible admitirlo, pero así es.
Las elecciones dejaron en evidencia varias verdades. La más clara es que Chávez, aunque es el peor Presidente, sigue siendo el mejor candidato.
Desgastado por 14 años de promesas rotas; disminuido por un cáncer que lo mostró agotado; agobiado por profundas crisis internas como la energética, carcelaria, inflacionaria y de seguridad, y retado por un rival con una propuesta de cambio y renovación, demostró que es imbatible y que la mayoría venezolana le sigue apostando a la ilusión de salir de la pobreza.
Indudable.
De acuerdo con cifras oficiales de la CEPAL, el 49.4 por ciento de los 29 millones de venezolanos vivían por debajo de la línea de pobreza cuando Chávez llegó al poder en 1999. Hoy es el 27.8 por ciento. Eso es una mejoría innegable, pero pareciera no ser sostenible en el tiempo.
Y aunque nadie había hecho temblar al gobierno como Henrique Capriles , y su resultado es histórico, titánico y admirable, su plataforma careció de estructura real para los sectores más desfavorecidos.
Ahí está el otro problema. Su propuesta económica era confusa, y en muchas partes sus lugares comunes terminaron siendo similares a los del gobierno. Su mensaje más claro era no al chavismo, pero eso no aseguraba cómo solucionar las crisis que azotan al país.
Los problemas estructurales de Venezuela van más allá del pésimo manejo del presidente y su corrupción. Y frente a eso Capriles tuvo una estrategia de no confrontación que fue positiva con los chavistas ligeros, pero que no logró convencer a esa base de la pirámide que sigue firme con el gobierno.
La de la oposición fue una campaña efectiva en un sector que ya tenía asegurado, pero en la población pobre, que tenía que persuadir para asegurar su victoria, fue endeble sin contar con una clara y determinada solución.
Por último, Chávez jugó sucio. El presidente puso los recursos del país, incluido el sistema judicial, los medios de comunicación, el aparato militar y los dos millones de empleados estatales, a trabajar por su reelección. No es una sorpresa.
Y aunque el resultado hubiera sido distinto sin esa manipulación y sin su sobreexposición en los medios que controla, esos son los riesgos de las reelecciones en América Latina.
Pese a eso, el camino de Capriles sigue abierto y hay que seguir cimentándolo con una oposición más organizada y estructurada.
Mientras tanto, lidiar con un Chávez que va a seguir deteriorando Venezuela, pero que, por el otro lado, para el proceso de paz colombiano significa que seguirá contando con un aliado clave, por su influencia personal sobre las Farc.
Chávez jugará un papel importante en el convencimiento de los guerrilleros de mantener el diálogo y es una garantía para amabas partes del proceso, un rol que Capriles no hubiera podido jugar, seguramente porque no le correspondía. Irónicamente lo que resultó terrible para la democracia venezolana será positivo para la paz colombiana. Por lo menos por ahora.
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