La sola idea de enterrar las vías adyacentes al río para construir encima un parque, sin considerar que primero había que analizar la viabilidad técnica y su factibilidad económica, hace pensar que el proyecto no pasará de ser una utopía.
Invitar tan solo arquitectos para participar en un concurso y luego premiar las propuestas elegidas sin haber conformado previamente un equipo multidisciplinario de ingenieros que analizara con objetividad si se trataba de resolver un problema real o inexistente, o no prioritario frente a costos y beneficios del proyecto, no fue una decisión lógica ni sensata, por decir lo menos.
Pareciera que a falta de planes y propuestas serias, con visión de largo plazo que ante el grave problema de movilidad garanticen soluciones reales y concretas, cada administración quiere dejar su huella para ser recordada, como ocurrió en el pasado con los faraones del antiguo Egipto, con soluciones puntuales que han comprometido cuantiosos dineros públicos, como el inútil puente de la 4sur que generó problemas de congestión vehicular donde antes no existían.
Cuando un concejo municipal aprobó, hace más de sesenta años, reservar las fajas paralelas al río con una destinación inequívoca, no hizo otra cosa que prever de manera providente el crecimiento de la ciudad para construir en su lugar la infraestructura para la movilidad: el Sistema Metro, el ferrocarril, el Plan Maestro de Aguas Residuales y el denominado Corredor Multimodal del río en vías de superficie; un proyecto menos costoso y complejo que enterrarlo.
Acaso se pretende destruir y relocalizar una infraestructura de un valor patrimonial gigantesco, fruto del esfuerzo y trabajo de generaciones que, sumado al costo de un proyecto, el valor final estimado es incierto porque no hay estudios, diseños, ni especificaciones, y mucho menos planos de construcción y todo lo presentado hasta ahora no pasa de ser “puro paisajismo”.
Es cierto que la ciudad presenta bajos indicadores de espacios y de zonas verdes para la recreación y el deporte, pero la solución no puede ser a cualquier precio; hay que analizar otras opciones cercanas a las comunas, pues para muchos habitantes el río les resulta lejano.
Un río que además no tiene una pendiente constante, sino que su canalización se logró mediante escalas con “llaves”, como resultado de aplicar durante su construcción un modelo hidráulico a escala, pero que hoy, por su abandono y falta de mantenimiento, presenta un estado deplorable por la socavación de las placas.
Y de insistir en el proyecto surgen innumerables interrogantes a saber:
-.¿Y hacia dónde desviarían, mientras se excavan las “grandes brechas para enterrar las vías”, más de 130 mil vehículos que a diario moviliza la economía metropolitana?
-.¿Y cómo se lograría el vertimiento de todas las quebradas y alcantarillados que están hoy casi al mismo nivel del río?
-.¿Y hacia dónde trasladarían las estaciones y líneas del Sistema Metro y férreo, líneas de transmisión de alta tensión etc., etc.?
Todo hace presumir que la bonanza presupuestal del municipio por cuenta de los ingentes ingresos, producto de las transferencias de EPM y que superan los $2.300 millones diarios; pareciera que la abundancia de recursos nos impidiera identificar y resolver los verdaderos problemas del crecimiento urbano.