El eco de unos pasos rompe el silencio inquietante de las ruinas de Gramalote.
Son los pasos de Teófilo Castellano, campesino que camina hora y media desde la vereda Miraflores, con una bolsa llena de maíz. Su único propósito es darle de comer a las palomas que aún, a pesar de todo, sobreviven en la soledad del pueblo.
Las aves no atienden el llamado del lugareño que esparce el maíz por el parque. "Hoy las palomas no quieren comer porque hubo eclipse y eso les cambia el genio y les quita el apetito", comenta Teófilo.
Desde que una avalancha arrasó el municipio el pasado 17 de diciembre, este campesino, que se vio obligado a exiliarse, trae sagradamente dos veces por semana el maíz para las palomas.
A pesar de la destrucción y la soledad, Ramón Eduardo Molina, vendedor de chance, visita el municipio todos los días, acompañado de Campana, su perro. Camina en busca de sus paisanos.
"Yo nací aquí y aquí me quiero morir", anota Ramón, quien a sus 47 años sólo ha estado lejos de su pueblo por una semana y eso por un paseo familiar.
Al principio de la tragedia, Gramalote era un lugar de visita. Después de un mes, todos empezaron a perder el interés y la curiosidad. El pueblo quedó sólo y desmantelado.
Durante este semestre, seis familias han decidido volver a su pueblo y vivir en él. Una de ellas es la de María Belén Janes, su esposo y su hija. "Me fui el día de la tragedia para la finca El Molino, pero sólo nos dejaron 20 días y como no teníamos para dónde irnos, decidimos regresar".
Luego llegó la familia de Luis Vargas, quien hoy es el encargado de ordeñar las cinco vacas del pueblo.
Más tarde llegaron la de Pedro Sánchez; la de Aurelio Sánchez, la de Luis Vargas y la de Luis Carrero. Otras seis familias suelen quedarse en el municipio solamente los fines de semana.
Todas ellas le dan un poco de vida a Gramalote. Se han ubicado en cerca de veinte casas que quedaron en pie, en los barrios La Lomita y El Bosque, sitios donde no llegó la tragedia. Estos sectores se han convertido en lugares de encuentro para los gramaloteros y en centro de acopio, pues tiene cinco tiendas, una revueltería, dos peluquerías y ventas de minutos a celular.
Los domingos se volvieron los días más especiales para sus habitantes porque el padre Emir Mora baja de la vereda Boyacá y celebra la misa en un improvisado templo. También se matan cinco reses de ganado en un improvisado matadero y los campesinos llegan a vender sus productos.
"Esto se llena de gente, pero sin hacer rumba porque no está permitido", anota don Luis Vargas.
Quienes han vuelto a Gramalote quieren que demuelan las edificaciones que representan peligro, pero que el resto lo dejen como está porque les trae muchos recuerdos. "Los que estamos acá viviendo estamos en la gloria y nuestros paisanos tienen que vivir como nosotros y no sufrir más", asevera don Luis.
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