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LA PAZ EMPIEZA EN CASA

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01 de junio de 2014
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Pedro va camino a su casa y a la salida del Metro se tropieza con un transeúnte. "Perdón", dice apenado. Cuando entra a su hogar y saluda a todos por igual se tropieza con el niño y le grita: "Quítese, no estorbe". El niño, que había salido entusiasmado a saludarlo se siente frente al televisor, triste y regañado.

Esta escena casi cotidiana es un reflejo de lo que nos sucede a casi todos. Tratamos bien a los extraños y desahogamos nuestras tensiones tratando mal a los que están cerca de nosotros, a los que queremos. Es paradójico, ilógico. Es hora de pensar en aquellas actitudes y sobre todo palabras que usamos de tal manera que ya no entendemos lo que decimos. Estas son algunas de ellas.

"Este, usted no sirve para nada"... le decimos al hijo estudiante que sacó malas notas o que no hizo bien el mandado, sin caer en la cuenta que estamos formando, así, seres de poca autoestima, inseguros y temerosos.

"Salga al tablero a ver si es capaz de hacer este problema", le dice el profesor al alumno...

"Ve, cuándo te vas a quitar esa verruga tan fea que tenés en la cara", le dice el esposo a la señora para saber que cuando eran novios le decía: "ese lunar que tienes cielito lindo...".

Insinuaciones, insultos, gestos que hacen daño.

En el hogar, en el trabajo, en las reuniones sociales, en la política, una palabra dicha a destiempo o con un tonito no adecuado aplastan cualquier relación, destruyen la moral de la gente. A mí no me importa que me digan HP, lo que importa es el tonito, dicen y con razón...

Palabras que abundan en las relaciones "afectuosas" de padres a hijos, de jefes a subalternos, entre contendores políticos: inepto, desordenado, lento, torpe...

Estamos así garantizando seres desadaptados, inseguros, escasos de afecto, insatisfechos, bajos de autoestima, incapaces de tener iniciativas, tímidos.

Amar realmente a la gente es tratarla bien. Aprender a controlar nuestras iras, aprender a dominarnos.

Unas relaciones realmente amorosas son siempre positivas, proactivas, motivadoras. Los errores se corrigen con cariño y sin violencia.

Al terminar el día, el papá teleadicto se sienta también a ver las películas normales y encuentra que la historia representa la separación de una pareja porque ella está muy gorda y la lucha por encontrar quién se "encarta" con los dos hijos. Su comportamiento cotidiano es reforzado por la televisión gringa que ha eliminado casi por completo la relación amorosa padres-hijos. Solo se ven los conflictos que se arreglan, sin pensarlo, con el divorcio y en los que los hijos nada tienen que ver. La estructura familiar saltó en pedazos en las películas preferidas de nuestros canales comerciales.

Es hora de pensar en el mejoramiento de nuestras propias relaciones y en eliminar del menú diario los bodrios televisivos que nos hacen creer que los niños son desechables

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