Estuve leyendo el texto de la ordenanza de la Asamblea Departamental, aprobada recientemente, la cual "establece con carácter obligatorio la transversalidad de género en el Departamento de Antioquia".
Con la aprobación de esta ordenanza se pretende "orientar la planeación del desarrollo local y regional en la lucha contra la feminización de la pobreza y de toda forma de discriminación que afecte la participación plena de las mujeres en el desarrollo personal". Suena bonito el texto. ¿Quién puede oponerse en pleno siglo XXI a una ordenanza que promueve la igualdad y evita la discriminación?
Sin embargo, detrás de la ideología de género está la nueva percepción de las diferencias entre hombre y mujer, que se resume en la frase de la filósofa francesa Simone de Beauvoir (1908-1986): "la mujer no nace, se hace". Es decir, las diferencias entre el hombre son sólo construcciones sociales sujetas a cambios. La persona es "libre" para elegir su sexo: hombre, mujer, homosexual, lesbiana, bi sexual, travesti. Para conformar otro "tipo de familia": monoparental, o por medio de adopción de parte de las parejas del mismo sexo.
Las consecuencias para la familia y la sociedad ya se ven en el primer mundo: el llamado invierno demográfico (aterricemos en Latinoamérica: en Chile por ejemplo, las estadísticas son de 1,9 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa mínima de recambio que es de 2,1). El decrecimiento de matrimonios y el aumento de convivencias, divorcios, infidelidades, la promiscuidad, los abortos (tristemente se cumple en nuestro país mañana el cuarto aniversario de su despenalización en algunos casos).
Para defender la dignidad de la mujer, se debería empezar por reconocer su propia identidad biológica y sicológica femenina, no como una construcción cultural. La lucha contra el machismo no puede ser contestataria ante las verdaderas injusticias que la mujer ha sufrido en la historia y sigue sufriendo. Más bien se debe defender su dignidad en un diálogo donde se entienda la identidad y el papel del hombre y la mujer, ninguno mejor ni peor, cada quien con sus propias cualidades, también con características comunes, y que los puede llevar a una bellísima relación de reciprocidad. Programas que reconozcan el valor de la familia sin querer alterar su significado: donde los hijos crezcan con el cariño, el ejemplo y la relación de amor de un padre y una madre. Donde la maternidad sea vista como el don más sublime y no como un derecho ni menos como una carga: las dos visiones polarizadas que muestra esta ideología.
Paisas, no comamos cuento. El hombre y la mujer son natural y sicológicamente diferentes. Diferencias que se manifiestan desde los primeros meses de vida. El mundo ha cambiado pero no ha mejorado desde que esta ideología ha tomado fuerza. Hoy más que nunca vemos tanto a hombres como mujeres existencialmente confundidos, sin identidad clara y con una búsqueda egoísta de su propio "yo". ¿Esa es la Antioquia que queremos?
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