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La defunción de las palabras

  • La defunción de las palabras | Óscar Tulio Lizcano.
    La defunción de las palabras | Óscar Tulio Lizcano.
25 de diciembre de 2010
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Por estos días la alegría de las fechas decembrinas contagia a todos. Esta época, además de permitirnos acercarnos a la familia, disfrutar de los amigos y tener un momento de recogimiento personal, es propicia para la lectura.

Yo he elegido la colección de textos de Aquilino Villegas, una selección que publicó la Gobernación de Caldas hace algunos años como parte de la biblioteca de escritores caldenses. Aquilino fue una de las plumas más destacadas de la raza que colonizó esta parte de Colombia; por lo demás, fue un hombre muy culto y un demócrata sincero.

El manejo de la prosa es una de las cualidades más destacadas en la obra de este escritor. Su estilo está perfectamente marcado en La oración sobre el incendio , narración donde cuenta cómo se vivió la tragedia del siglo pasado en Manizales, pues en la década de los treinta la ciudad sufrió tres grandes incendios que devoraron la Catedral, 25 manzanas y la zona comercial.

De sus textos me llamó poderosamente la atención una carta dirigida a un profesor de una prestigiosa institución educativa. Este docente de Español y lengua Castellana le escribe a Aquilino una nota con palabras rebuscadas. Así que Villegas le contesta advirtiéndole que no insista en buscar en las viejas minas de nuestro idioma los tesoros escondidos, porque no le entenderán; que al leer sus palabras, dice Villegas, un lector estaría tentado a creer que lo suyo es una señal de pedantería; y esa, le advierte, es un defecto que nunca debe existir en un profesor. Y, agrega Aquilino, "es tanto como si un héroe de Verdún, de champaña y de todos los frentes de batalla, se presentara con su pecho lleno de cruces a la plaza de mercado. Pues sería una invitación para que las verduleras y el carnicero y el detallante de ultramarinos se le rieran en las barbas sin explicarse cómo al mediodía y en semejante sitio".

Le explica Aquilino que es difícil para los lectores de la época entender sobre el giro elegante. Y le sugiere que mejor tome la palabra, y explique sencillamente qué quiere decir el autor, pues hay palabras que en otros tiempos tuvieron una vida vigorosa y resonante, pero con el tiempo y el poco uso perdieron su brillo. Además, agrega que nuestra lengua es un cementerio, que está llena de tumbas, de elementos muertos y sin uso.

Invita al profesor a que tome un diccionario de nuestra lengua y observe que está poblado de palabras anticuadas, que no comprenderían ni los hombres cultos. Y aunque manifiesta que desconoce cuántas palabras puede tener el idioma español, advierte que una lengua que tiene cientos de miles de formas para decir las cosas, de las cuales se usan a lo sumo un millar, es una lengua miserable.

Aquilino invita al profesor a que llame a su maestro de castellano y que lean juntos las palabras de una página de su diccionario, tomada al azar; advirtiéndole que muy afortunado será si le sabe decir qué significan la mitad de ellas. No sobra recordar que un lector asiduo se encuentra con miles de palabras en su vida, cientos de ellas desusadas, anticuadas o estrafalarias.

Hay que recordar que en la formación de la lengua castellana, a lo largo de los siglos, han contribuido las más complejas influencias; el griego y el fenicio, por ejemplo, además de tantas palabras nuevas provenientes de los catalanes, aragoneses, gallegos, entre otros, que dieron giros locales, modismos y provincialismos dispersos. Aportes que llegaron a nuestra lengua castellana como un río desbordado.

Es cierto que nuestra lengua castellana ha sido sometida a un tratamiento de deformación tan espantoso a lo largo de los siglos, que es verdaderamente un milagro que guarde su unidad. Es mucho cuento que nuestro idioma sea comprendido por las gentes del común, usando apenas un centenar de palabras en su cotidianidad.

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