Aunque su primer vuelo en solitario lo dio a la edad de once años, cuando se sintió lo suficientemente "hombrecito" para hacerlo, Julián Andrés Carreño comenzó a sentir la pasión por las alturas, los saltos y los parapentes desde los nueve años, de la mano protectora, y hasta alcahueta, de su padre, Raúl.
Lo hizo, lo recuerda bien, del cerro El Castillo, en su natal Calarcá, Quindío, una montaña algo elevada en la que los calarqueños han encontrado una excelente plataforma de lanzamientos y se divisa Armenia.
Su padre lo condujo a volar, porque era igualmente afiebrado por este deporte. Y lo hizo en un vuelo tándem -dos pasajeros- experimentando sensaciones maravillosas que le permitieron quitarle el miedo a las alturas. Y desde ese día, no ha parado. "En ese primer salto -dos años después del arranque inicial- sentí alas de libertad. Fue como desligarse del planeta".
Fueron 15 minutos de placer en el aire y de ver como todo se mostraba a sus pies. Y fueron más las ganas de volar que el miedo de hacerlo solo.
Su carrera "aérea" ha sido tan rápida que en pocos años se convirtió en experto. Tiene 23 años y es hoy el número uno de Colombia, el mejor de América y el cuarto del mundo en la modalidad del cross country.
Seguro y arrojado, hasta suerte tiene Julián, porque en once años de carrera jamás a llegado a tener un accidente grave. Solo raspaduras, normales. En cambio, sí experiencias que califica de maravillosas: "la mejor en un vuelo entre San Félix y Bolombolo, el año pasado. Volé cinco horas en medio de esas hermosas montañas y con el río Cauca de compañía. Aterricé en un potrero, pero todo fue sensacional. El paisaje, increíble, me cautivó". Hoy este piloto calarqueño tiene metas más allá de los 5.200 metros de altura que es su récord de vuelo más alto, alcanzado en el Valle de Bravo, México: "quiero ganar el Premundial en Roldanillo y confirmarme como el mejor parapentista latinoamericano". Y nada raro que lo logre.
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