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Guerra al "narco"

17 de febrero de 2010
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Hará un par de meses conversé en Madrid con el ex presidente mexicano Vicente Fox. Nuestra charla acabó derivando inevitablemente a la guerra que libra su país contra el "narco".

Fox me sorprendió con una declaración que jamás hubiera esperado de un líder conservador. "Es el momento de considerar la legalización de todas las drogas", me dijo, y para explicarse me puso el ejemplo de la Ley Seca, la prohibición a la producción, distribución y consumo de alcohol en los Estados Unidos desde 1919 a 1933. Los argumentos de Fox me parecieron válidos.

Primero, porque a estas alturas es indiscutible que la Ley Seca provocó el auge del mercado negro y no contribuyó a rebajar significativamente los índices de alcoholismo.

Segundo, porque la proscripción del alcohol disparó el poder del crimen organizado, que llegó a instalarse en las instituciones, poniendo en grave riesgo el sistema democrático. El experimento fue un fracaso porque, entre otras cosas, no es lo mismo tomarse un par de copas que inyectarse heroína.

Sin embargo, y pese a que la legalización de las drogas duras es una de las escasas opciones que nos quedan, es excesivo el riesgo de convertir en socialmente aceptable el consumo de sustancias que anulan la voluntad humana y destruyen físicamente a sus consumidores en muy poco tiempo.

Nuestros gobiernos gastan ingentes cantidades de dinero público en campañas millonarias para prevenir el consumo de estas drogas, pero algo falla desde la raíz. Me explico. España lanza todos los años impactantes anuncios advirtiendo de las devastadoras consecuencias del consumo de cocaína y, sin embargo, es el país donde más se consume.

La ONU indica que un 2,6% de los españoles se ha metido coca en los últimos doce meses. El porcentaje es especialmente preocupante en los adolescentes, ya que casi el 7% asegura consumirla.

Si cada vez se incauta más droga, se gastan más recursos, se destina más personal a luchar contra el narcotráfico y, aún así, no deja de crecer el número de consumidores es que algo hacemos mal.

Quizá se está mirando hacia otro lado sobre el verdadero problema: que los narcos son hoy más fuertes que en sus años dorados, que sus actividades están más diversificadas e impregnan todos los sectores y que nadie se atreve a ir contra el motor de su actividad: el menudeo.

Cada vez menos valientes plantan cara al "narco".

Pueblos enteros huyen (el éxodo de Ciudad Juárez hacia El Paso es un buen ejemplo) mientras las sanguijuelas se adueñan de todo. Pero no nos rendiremos: las gentes de bien debemos convertirnos en punta de lanza de esta guerra sin cuartel.

Primero, en las calles. Vamos a denunciar sin descanso los puntos de venta, a los intoxicadores que venden su porquería en nuestros barrios. Vamos a tomar por la pechera a "huelepegas", los chavales que andan inhalando la muerte en sus bolsitas de plástico, hasta llevarlos por el buen camino. Vamos a pelear como nunca, nos la vamos a jugar.

La implicación de la sociedad civil es crucial, pero aún más importante es quemar todo el dinero sucio que se genera con la muerte de millones de personas y el sufrimiento de sus familias. Esa es una tarea para los políticos, jueces y banqueros. Sean valientes porque estaremos vigilantes.

Ser un «narco» o un simple «dealer», camello que decimos por aquí, no tiene ningún encanto -como nos pintan en las películas y los vídeo-clips- es uno de los más sucios trabajos del mundo. Que quede claro de una vez.

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