En mi anterior columna me referí a las diferencias conceptuales, en materia de doctrina religiosa, entre dos sacerdotes. Fueron muchos los comentarios de los lectores, los cuales siempre agradezco, en pro y en contra de mis puntos de vista. Ninguna, en cerca de cincuenta columnas que he escrito para este periódico, había suscitado tanta controversia. Alguno se refería a lo inapropiado que puede resultar que un militar opine sobre temas religiosos. Otro expresaba su desacuerdo con calificar a una persona que ha colgado sus hábitos, con el sustantivo sacerdote y pedía que corrigiera mi error en esta columna.
Analizando las diferentes opiniones, reflexionaba sobre las libertades de pensamiento, conciencia, y religión proclamadas en la declaración universal de los derechos humanos; sobre el gran peso que aún tienen los factores religiosos en el comportamiento social de los pueblos; sobre la tolerancia y sobre la carga emocional que todos llevamos dentro y que en determinadas circunstancias pueden generar violencia o sentimientos propiciatorios de ella; cuando la noticia sobre los ataques aleves de un monstruo llamado Anders Breivik sobre población inerme en Oslo y Utoya, interrumpió mis pensamientos.
¿Cuáles las causas propiciatorias de tal masacre? ¿Por qué ese nivel de xenofobia y odio religioso que costó 77 vidas inocentes? ¿Se justifican esos niveles de violencia como expresión de rechazo del "Comandante de los caballeros justicieros", como se autodenomina Breivik, a la creciente presencia de los musulmanes, segunda comunidad religiosa después del cristianismo en Europa? Evidentemente, la violencia religiosa es digna de atención y de cuidado.
Dejo ahí este breve análisis sobre el luctuoso suceso para volver a mis reflexiones.
Es mi pensamiento que los militares de la Reserva Activa, que hemos recobrado la plenitud de los derechos políticos, podemos opinar sobre religión, porque dentro del cumplimiento de nuestro deber profesional estamos obligados a estudiar el desarrollo de las guerras a lo largo de la historia universal, los factores que las originaron, sus consecuencias y las previsiones de orden militar para que no se repitan. En ese estudio es fácil encontrar que buena parte de los conflictos más importantes de la historia, a excepción de las dos guerras mundiales, se suscitaron por razón de índole religiosa o étnica. Todas con un trasfondo político-económico. También aprendemos que no es verdad que las religiones provoquen las guerras, y que es equivocado comparar tal aseveración, suponiendo la misma relación de causalidad, con el hecho que el alcohol provoca ebriedad, y la luz del sol hace crecer las plantas.
Sobre estos aspectos, en una sana concepción de la profesión militar, creo que el General debe conocer y opinar, lo cual no implica necesariamente deliberar, sobre la salud de la Nación y las circunstancias que la condicionan; y la religión es una de ellas. Por ello comparto el concepto del Dalai Lama cuando expresó: la mejor religión es aquella que haga al ser humano más compasivo, más humanitario, más responsable y más ético.
¿Por qué pienso que un sacerdote cuando deja su función pastoral y regresa al laicismo, sigue siendo sacerdote? Por las mismas razones que el militar cuando se retira no pierde tal condición. Simplemente pasa a la situación de retiro o como miembro de la denominada "Reserva Activa". Porque el largo proceso de formación en principios y valores específicos y la capacitación en áreas particulares del conocimiento, imprimen un carácter propio y contribuyen a definir la personalidad, lo cual no desaparece por disposición legal o acto ritual. De todas maneras, como dijera Voltaire: "No estoy de acuerdo con su opinión, pero daría hasta mi vida por defender su derecho a expresarla".
En síntesis, la verdad nace de la controversia y la confrontación de las ideas.
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