Con la condena al ex premier Silvio Berlusconi Italia cierra una etapa aciaga de su historia contemporánea. La de un hombre que amasó una inmensa fortuna en compleja cercanía con la ilegalidad. Y que hizo de la política, instrumento para impulsar la prosperidad de sus negocios y para ponerse a salvo de la acción de la justicia. Durante casi 20 años construyó para sí y sus aliados, una gran fortaleza de impunidad con base en leyes a la medida de sus intereses y delitos. Y un entorno favorable para multiplicar sus capitales, a costa muchas veces del interés colectivo de los italianos. Sale de la escena política por mandato judicial, pero deja un país institucionalmente contaminado por su estilo, que consagra la corrupción, la ausencia de límites, los abusos y los privilegios.
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