Ese día, la orden fue concreta: Cebollita Cárdenas pone el paso duro, el Polaco Bohórquez ablanda y Lucho Herrera contragolpea.
Las palabras de Rafael Antonio Niño Múnevar, para fortuna del ciclismo de Colombia, se cumplieron, aquella vez, al pie de la letra.
Era un momento sinigual por el que pasaba Henry Cárdenas, el escalador que le ponía a doler las piernas a los rivales de los escarabajos.
Henry atacaba, y eso se hizo desde las trepadas iniciales de la ronda ibérica; le volvía la vida imposible a los contendores escalando a 27 kilómetros por hora, porque después, una vez hecha la labor de demolición se daba el golpe de gracia.
Y así fue varias veces durante aquella Vuelta a España de 1987, cuando todo un país se puso patasparriba, con el liderato de Lucho Herrera.
"Oye, colombianos. Es que a cuántos vais a mandar a casa con este paso", fueron algunas de las voces que corrieron dentro del lote. "Eran increíbles y se juntaban hasta diez en un puerto de primera categoría", recordaba Pedro Perico Delgado.
Ese año, el invierno golpeó más crudo que nunca. La Vuelta fue una de las favorecidas con el cambio estacional que tuvo algo de calor y nada de aguanieve. Y para ajustar en los alrededores de Castilla y León, los vientos de costado desaparecieron casi que por encanto.
"Todo fue distinto; el clima, los vientos y la forma de correr. El paso de los colombianos resultó violento y etapa tras etapa se creía que se tendría que cambiar el límite de clasificación", cuenta el curtido periodista Rafael Mendoza Quiñones, quien fuera enviado especial de El Espectador.
La Vuelta tomaba forma para los colombianos que iban en grupo, con la notoria y a la vez intimidatoria jauría del Café de Colombia y Manzana Postobón. Herrera y Óscar de Jota Vargas dejaban ver las uñas de sus ambiciones hasta antes de llegar a los Lagos de Covadonga.
"Cebollita, usted pone el paso duro, el Polaco machaca y Lucho busca la fuga", dijo Niño. Ese día se dio todo, para que el Jardinerito ganara el tramo once de 179 kilómetros y le regalara al país el sueño y la ilusión de lograr algo muy grande en Europa.
"La Vuelta se definió en los Lagos de Covadonga. Todo se confabuló para el triunfo de aquel día. Supuestamente Martín Ramírez era quien iba a la disputa, pero fue Luis Alberto quien se mostró más fuerte", dice a manera de remembranza el Flaco Darío Flórez, el mecánico de confianza de Herrera, quien por varios años lo asistió.
Esfuerzos colosales en la Huesera y en el Mirador de la Reina. La carretera olía a Café de Colombia; el aroma del grano se esparció por la estrecha subida de piso disparejo y la cumbia retumbaba contra los peñones al borde del camino.
Era un Lucho en rojo, con la camiseta de los escaladores, pero la necesidad era la amarilla, la que se puso el mejor escalador del mundo en los Lagos de Covadonga que en esa memorable fecha pasaron a la historia.
"Cuando vi la oportunidad, supe aprovecharla. Lo que viví en la Vuelta fue muy grande. Todo lo recuerdo con emoción", rememora Lucho, quien fortaleció sus posibilidades de ser campeón en los Lagos, así dijera el entonces líder, el alemán Reimund Dietzen, que el Jardinerito no tenía chance, porque perdería tiempo en la contrarreloj de Valladolid.
La historia fue distinta, por cuanto Sean Kelly abandonó posteriormente estando de amarillo, mientras Lucho se sacaba chispas con Laurent Fignon previo el paseíllo triunfal en La Castellana. Histórico n
"Cebollita impuso el paso, pero utilizando el plato pequeño. Pasé adelante y le dije que empleara el plato grande para quitarnos rivales de encima, más de los que habían quedado por fuera del límite de tiempo en etapas anteriores, cuando nos decían: "jilipollas -güevones- nos vais a mandar a todos a casa".
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