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El ahogado está río arriba

  • Rodrigo Guerrero | Rodrigo Guerrero
    Rodrigo Guerrero | Rodrigo Guerrero
01 de mayo de 2011
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La temporada de lluvias de finales del año pasado fue una verdadera catástrofe, cuya magnitud quedó grabada en las imágenes de pueblos enteros con el agua en los techos y los esfuerzos frenéticos por sellar el Canal del Dique. Según datos oficiales, dejó en el dolor y la miseria a 2.217.226 colombianos, 1.324.000 hectáreas inundadas, 320.000 animales muertos y una destrucción no cuantificada de viviendas y carreteras. Todo parece indicar que la presente temporada superará los desastres de la anterior.

La indiferencia ante la conservación del suelo contrasta con el interés internacional en preservar el agua y el aire, que reúne expertos en grandes foros mundiales para firmar tratados internacionales. Quizás esto se explique porque, como dice Winifred Blum, "Se bebe el agua, se respira el aire, pero el suelo no se come".

Sin embargo la pérdida de suelo está relacionada con los actuales desastres naturales porque afecta los ciclos climáticos, pone en peligro el abastecimiento de agua, intensifica la desertificación, colmata los embalses y reduce su capacidad de generación eléctrica, y los ríos pierden capacidad de drenaje porque sus cauces se llenan de sedimento.

La velocidad de la pérdida del suelo por erosión se estima midiendo el tonelaje de sedimentos que los ríos acarrean hacia el mar. Cada minuto, el río Magdalena arrastra 250 toneladas de sedimentos a la altura de Calamar; el Cauca arrastra 70 toneladas a la altura de Apaví en Antioquia y el Dagua arroja media tonelada a la bahía de Buenaventura; el Canal del Dique debe arrojar un tonelaje similar a la bahía de Cartagena.

Es inexplicable que mientras se habla de millones de dólares para drenar el puerto de Buenaventura nadie mencione la urgencia de invertir en el desarrollo ambiental, económico y social de la cuenca del río Dagua, como única forma de evitar la erosión y los aludes, conservar el agua y preservar la profundidad de la bahía.

Según datos de la Universidad Nacional, el solo río Magdalena arrastra ciento treinta y un millones cuatrocientas mil toneladas de sedimentos por año y, como anota Gustavo de Roux, la erosión es un cáncer epidérmico que carcome la "piel" de la nación, con el agravante de que la naturaleza requiere doscientos años para renovar cada centímetro de suelo.

La erosión de Colombia es un problema ambiental con profundas raíces sociales y culturales, como el apego a la ganadería. Colombia tiene 34 millones de hectáreas en ganadería extensiva tradicional, buena parte de ellas en las laderas, donde constituyen un factor importantísimo de erosión; una solución posible sería adoptar los sistemas silvo pastoriles de ganadería que proporcionan la misma productividad en extensiones menores y, además protegen el suelo.

La magnitud de la pérdida del suelo colombiano exige un análisis inmediato de sus causas así como de la aplicación de medidas eficaces para detenerla; sin embargo, es probable que cuando cesen las lluvias volvamos a la vida despreocupada de siempre hasta que la siguiente calamidad climática vuelva a ocupar titulares y a ventilar juicios de responsabilidades.

No habrá canales ni jarillones lo suficientemente fuertes para evitar las inundaciones en los valles y sabanas, ni muros capaces de detener todos los deslizamientos, mientras no se corrijan todas las causas de la erosión: la deforestación de las cabeceras de los ríos, su rectificación artificial y el secamiento de sus humedales, la colmatación de sus cauces por los sedimentos y las prácticas que aceleran la erosión. En los desastres ambientales, al "ahogado hay que buscarlo río arriba".

P.S.: recomiendo a mis lectores la dirección guderoux@gmail.com, donde está la propuesta de Gustavo Ignacio de Roux, inspiración y fuente de información de esta columna.

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