Yo mejor me voy, con nadadito de perro, para la orilla y me salgo de este río revuelto de las elecciones de mañana. Por apatía, por desconfianza, tal vez por cobardía o por simple cansancio, muchos preferimos sacarle el cuerpo a la campaña política en estas horas previas a las votaciones. Y, ya en la playa, al borde del agua, me voy a poner a tirar piedritas rasantes para que hagan sapos sobre la superficie. Es una forma de matar el tiempo. Y de matar también el remordimiento que deja esta deserción política que a muchos nos tienta en vísperas de un día de elecciones.
Hay que decirlo, aunque algunos se puedan sentir ofendidos. Con las excepciones que confirman la regla, ha sido ésta una campaña inelegante, por decir lo menos.
Y por decir lo más, ha tenido momentos de bajeza ofensiva entre los candidatos, no ha mostrado altura intelectual, ni pasará a la historia porque los aspirantes a alcaldías y gobernaciones y demás cargos públicos en disputa hayan ondeado, en general, claras banderas de confrontación ideológica y partidista. Una campaña mediocre, en suma.
Y como las campañas no son sólo para hacer proselitismo y cosechar esa frágil y perecedera flor de un día (del día de elecciones) que es un voto, sino que son el anticipo, al menos teórico, del gobierno que se espera, deberían dejar entrever lo que se viene en el futuro.
Pues, por aquello de que por el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, es descorazonador lo que se avizora. No se respiraron aromas de futuro en esta campaña.
Y no se olfatea un futuro alentador, generalmente, a la ahora de las campañas electorales, porque los candidatos (candidotes ellos), generalmente ofrecen a la opinión simples promesas, tal vez propósitos que quieren hacer parecer como programas.
Y nosotros, votantes alelados, nos dejamos meter gato por liebre, y nos tragamos enteros, como si fueran programas (casi siempre irrealizables), esas promesas y propósitos populistas cacareados, no ya en la plaza pública, como otrora, sino en los asépticos y fríos escenarios de un estudio de televisión.
Es bueno recordar que la palabra programa tiene una etimología política y era, en Grecia, "un aviso que se ponía en un sitio donde lo pudiera ver el pueblo, en el que se anunciaban las cuestiones que se iban a tratar en los Consejos y Asambleas", como lo explica el famoso filólogo, el jesuita sonsoneño padre Félix Restrepo en su libro " La llave del griego ".
Nuestros políticos, y con más descaro si están investidos de una candidatura, suelen confundir estos tres términos de que estamos hablando: propósitos, promesas y programas.
Cuando un candidato, por ejemplo, -como todos lo han hecho- expresa que va a combatir la inseguridad y la violencia en Medellín, simplemente está manifestando en voz alta un propósito, que se vuelve promesa para los electores, pero que no es en sí un programa.
En nuestro contexto partidista, un programa significa todo y no significa nada, pues lo que dicen los candidatos -ayunos de la vacua oratoria política de antaño y reducidos hoy a prosaicas confrontaciones en los medios de comunicación, como decíamos antes- son puras generalidades.
En fin, habrá que esperar a mañana y no tanto para ver quiénes serán los futuros alcaldes y gobernadores, concejales y diputados, sino cuál va a ser el futuro de los partidos políticos, viejos y nuevos, de izquierda y de derecha, y cómo se las van a arreglar para dejar atrás esa especie de liberal-conservatismo que los ha tenido aletargados al sombrajo del uribismo.
Bueno, piensa uno desde esta orilla del escepticismo.
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