Escoger un Secretario de Seguridad en Medellín resulta tan vital y definitivo como escoger al Secretario de Movilidad en Nueva York, al de Turismo en París o al de Cultura en Buenos Aires. Se trata de una elección que no tolera equivocaciones, que no admite margen de errores, porque el nivel de exigencia es tan alto que cualquier desacierto se paga con precios políticos muy altos y con costos de gobernabilidad municipal inocultables.
Acaba de renunciar el secretario de Seguridad de Medellín, Eduardo Rojas León, por razones diversas, pero sobre todo por la anarquía que en materia de orden público era perceptible en las comunas 8 y 13 de la ciudad -y su coletazo sobre otras jurisdicciones urbanas-, y por los costos de favorabilidad de opinión que, en consecuencia, ello tuvo para la alcaldía de Aníbal Gaviria, que rebajó 18 puntos en las encuestas de aceptación ciudadana. Este editorial no es un balance de gestión, por demás implícito en las críticas de la gente y en porcentajes enanos de respaldo.
Ya en el pasado se quemaron o "pasaron raspando" los secretarios de Gobierno de Luis Pérez, Sergio Fajardo y Alonso Salazar. No cabe "llorar sobre la sangre derramada".
A Medellín, esta ciudad de las flores y de fenómenos maravillosos de crecimiento y recuperación social y económica que tanto queremos, aún la enfanga en sus raíces un turbio río de delincuencia organizada y común que corre por debajo, subterráneo, pero siempre constante y amenazante.
La ciudad recién incorporó ese cargo al gabinete. Pero, ¿qué es y quién debe ser un Secretario de Seguridad en Medellín?
Hay que citar la sabiduría popular y decir, primero que todo, que la ciudad no se puede conducir y controlar, en materia de seguridad, a fuerza de consejos y tonos cándidos. Es decir, el Secretario de Seguridad debe ser alguien con mando, con autoridad. Con una firmeza que emane de su formación, que debe incluir conocimientos en asuntos como el derecho penal, y la estrategia y la táctica militar y policial. Eso significa que pueda manejar un lenguaje unificado y fluido con los organismos de seguridad y judiciales (Policía Metropolitana, IV Brigada y Fiscalía).
A ello hay que agregar que debe entender, además de la operatividad para el combate, la inteligencia de la investigación criminal y forense. En todo ello hay un acumulado clave de saberes para maniobrar con la profundidad de una reacción capaz de disuadir inmediata y sostenidamente las amenazas criminales, y que logre la reducción selectiva y cuidadosa de los factores macro y microestructurales de la violencia local.
Pero viene aquí tal vez el asunto de gobierno y política más indispensable para asumir un cargo de tal significancia pública, frente a una delincuencia tan avezada y pragmática (curtida, dirían los más viejos): ¡un Secretario de Seguridad debe conocer, palmo a palmo, a Medellín y sus habitantes… Debe dominar la geografía y la demografía urbanas. Debe conocer las lógicas y las dinámicas de un conflicto urbano que ya ajusta 30 años de efectos letales sobre la vida ciudadana.
Medellín, entonces, no se puede permitir errores en la actual designación de Arnulfo Serna en el cargo. La seguridad (o inseguridad) es el meridiano de la convivencia, de la imagen nacional e internacional, de las posibilidades futuras de desarrollo social y económico. Lo diremos en buen paisa: este potro necesita al mejor chalán, para que no lo tumbe la delincuencia y no nos siga pateando, a los ciudadanos, tanta violencia.
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