Hablar con los hijos sobre sexo nunca ha sido fácil para los padres pero sí muy importante, sobre todo hoy, porque los niños viven expuestos a toda suerte de información deformada y sensacionalista al respecto.
Gracias al constante bombardeo de escenas eróticas y de sexo explícito en los medios, a menudo las nuevas generaciones conciben las relaciones sexuales tan solo como un mecanismo incorporado para vivir toda suerte de experiencias y sensaciones fascinantes, y como una necesidad incontrolable que pueden satisfacer cuando quieran y con quien puedan.
Si bien ya no hay que combatir los mitos del puritanismo del pasado que convertían todo lo sexual en obsceno y pecaminoso, hoy tenemos que proteger a los hijos del sensacionalismo erótico con fines comerciales que abunda en la cultura mediática en la que ellos están creciendo. Está visto que quienes reciben buena información y formación por parte de sus padres sobre este tema tan trascendental tienden a ser más responsables con su sexualidad y a postergar su iniciación en las relaciones íntimas.
Tan importante como lo que les digamos a los hijos son nuestras propias actitudes y creencias frente a este tema. Los niños construyen su código de ética sexual con base en las conductas que nosotros modelamos, así como a lo que vemos y acogemos en esta materia. Así, es primordial que con nuestro ejemplo les establezcamos que las relaciones sexuales son la forma más trascendental y exquisita de expresar el amor y solidificar los vínculos afectivos con nuestra pareja, por lo que deben sucederse dentro de una relación comprometida, leal y exclusiva con esa persona a quien juramos amar para toda la vida.
Nuestra función como padres es preparar a los jóvenes de hoy para que formen las familias del mañana. Parte fundamental de esa preparación es asegurarnos que lo que les inculcamos a los hijos los anime a adoptar una conducta sexual que honre su promesa de amor y enriquezca su vida conyugal.
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