De manera simple, podríamos decir que la escuela se justifica, básicamente, para cumplir dos funciones: la socialización y el aprendizaje. Creo que les daría prioridad en ese mismo orden.
Lo preocupante es que crece de forma alarmante el malestar en las escuelas y, con ello, las dificultades para lograr sus funciones primordiales. Las últimas investigaciones delatan que en Colombia el 50 % de los jóvenes abandona la educación secundaria.
Frente a este preocupante fenómeno, caben cuatro posturas: la primera, entenderlo como algo estructural que no amerita pesquisas; la segunda, la adaptación resignada; la tercera, el abandono de la docencia, y la cuarta, la más acertada, volverlo motivo de reflexión crítica, es decir, transformadora.
Con la cuarta postura, veríamos que las causas del malestar vienen de todos los estamentos de la comunidad escolar. Desde la perspectiva de los estudiantes, es fácil observar su desconcierto cuando, lejos de sus expectativas, encuentran prácticas vacías, currículos descontextualizados, precariedad en los espacios de participación y altos niveles de intolerancia con sus particulares modos. Algo positivo que dispara su malestar es la capacidad de crítica y su postura, ya habitual, de no tragarse nada entero.
En cuanto concierne a los docentes y directivos, es posible que algunos, como decía el comercial de una entidad bancaria, se encuentren en el lugar equivocado. Fatal, porque lo que deviene es la incoherencia y los discursos vacíos. Lo grave es que, inevitablemente, para bien o para mal, siempre formamos.
Pero los padres y acudientes también tienen su cuota en el malestar escolar cuando evidencian distanciamiento con el Proyecto Educativo o no atienden la corresponsabilidad que pide la normativa educativa.
Frente a esta realidad, urge desescolarizar la escuela, es decir, desnudarla de todas las prácticas y creencias que la han distanciado de las posibilidades del efectivo aprendizaje y la socialización plena.
Lo primero es derretir dos potentes modelos mentales heredados: la enseñanza y el autoritarismo. Urge saltar del maestro que solo enseña, al maestro que aprende de sus pares, de sus errores y, lo más difícil, de sus estudiantes.
Urge saltar de la relación autoritaria y vertical entre docentes y estudiantes, a modos democráticos de participación; del maestro que vigila y controla, al que acompaña de forma significativa; de la obediencia sumisa, a la posibilidad del disenso ético; de las prácticas de selección y exclusión, al principio radical de inclusión; de la cultura de las "calificaciones", a modos concertados de evaluación; de la escuela como fábrica de iguales, a un amplio grifo de expresión.
El acto genuinamente educativo se da en contextos de vida democrática. Por eso, el mayor desafío para las escuelas consiste en generar procesos articulados a la vida misma, y no a la mentira de la obediencia, las calificaciones, el estímulo y el castigo.
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