El conflicto armado colombiano lo podemos racionalizar o formalizar en términos de las ganancias económicas que de allí se esperan o se dejan de obtener y la polarización política que lo originó. Tanto el establecimiento político (la deslegitimación actual de los poderes públicos y los órganos autónomos) y las políticas económicas imperantes (las polémicas o fallidas reformas a la justicia, educación, tributaria y salud) como las inverosímiles formas de lucha y de financiación de la guerrilla acentúan el conflicto y aumentan la imposibilidad de obtener un acuerdo, y excluyen a gran parte de la sociedad civil; aunque se afirma que la guerrilla ha hecho ya una concesión relevante al renunciar a una zona de distensión, aceptar una agenda de cinco puntos y negociar bajo fuego.
Sin embargo, hoy no es claro, es difuso saber, quién de las partes se está beneficiando y reacoplando mejor al fuego cruzado, la amplitud y la conexión que estos cinco puntos tengan con otros adicionales bajo la mesa y los réditos políticos que el proceso de paz le generan a un presidente-candidato que alardea ser un buen jugador de póquer; además, no sabemos si realmente se ha llegado en La Habana a acuerdos puntuales o son parte de la estrategia de las partes para mantener la legitimidad pública del proceso y ayudarle al presidente en su reelección.
Esta ampliación de la agenda y la reelección presidencial en juego, o sea las ganancias que pueden obtener el gobierno actual y la guerrilla del proceso de paz, curiosamente pueden ser una condición para lograr un acuerdo real, siempre y cuando la polarización no se aumente. Pero si se negocia un conflicto polarizado, es natural desgraciadamente que se haga en medio de la confrontación armada. Y esta polarización puede aumentar si estamos ad portas de un accionar militar más caótico y sangriento de parte de la guerrilla, un castigo electoral al presidente si no es reelecto o si el Congreso elegido y el albedrío del procurador adoptan una posición contraria y fuerte a la legitimidad del proceso de paz.
Siendo alguna de estas circunstancias probable, para que una alta polarización sea compatible con la posibilidad de un acuerdo se requiere un escalamiento del conflicto, pero esperando una respuesta de las fuerzas armadas que desequilibre a favor su pérdida de mando reciente y supere el reacomodo militar que puede lograr la guerrilla a mediano plazo. Si no es así, el actual proceso de reelección, amén de jugar a favor con el ego de un gobernante, puede dar al traste las posibilidades de un acuerdo y dejar a nuestro país en un conflicto, perpetuo, inútil y costoso.
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