Cuando Alonso besó a su esposa sobre el Puente de Guayaquil, no sabía si tenía taquicardia porque había olvidado tomarse las pastillas de la presión, por la dicha de ver las fuentes de luces titilando sobre el río o porque su corazón, al igual que hace 50 años, aún palpitaba de amor por Marta.
El año en que se casaron hubo un terremoto en Colombia, ellos aterrizaron en "La Luna" y a Medellín le cayeron 80 mil luceritos. El 29 de julio de 1967 tembló la tierra antes de su matrimonio. "Es tan universal nuestro amor -bromea Alonso- que hasta la tierra se manifestó".
Lo único que falló ese día fue que en la noche de bodas no hubo "fuego" como esperaba porque, luego de varias horas de camino hacia "La Luna"- la finquita de la abuela- Marta cayó a la cama fundida y roncó toda la noche.
Pero en diciembre de ese mismo año "llegó la luz" cuando las Empresas Públicas de Medellín colgaron 80 mil bombillas de los árboles e iluminaron la ciudad. Alonso sabe que EPM lleva 42 años alumbrando, porque son los mismos que Marta lleva deslumbrándolo con el fulgor de sus besos.
Y luego de atar cabos sobre el puente más antiguo de Medellín, Alonso descubrió que su corazón no solo latía sino que llevaba flotando desde hace medio siglo. Conoció a Marta junto al mar, la conquistó, como un serenatero, cantándole boleros bajo la lluvia y, esta semana mientras veía los chorros de colores en el río, confirmó que a sus 76 años la sigue amando como un "culicagao".
El paseo del río
Carlos y Helena miraron con asombro las 4.298 fuentes de agua de más de cuatro metros de altura; entraron a los cinco pabellones temáticos y quince millones y medio de bombillas los alumbraron a lo largo de los dos kilómetros del Paseo del Río mientras caminaban cogidos de la mano como siempre soñaron hacerlo cuando fueron jóvenes.
Y es que a finales de los años 50 del siglo pasado, para ir de paseo con el novio "había que pedirle permiso al obispo -narra Helena- y tomarle la mano a la novia -agrega Carlos- era pecado".
En la época en que un bombillo era la maravilla de diciembre y los dejaba boquiabiertos porque solo estaban acostumbrados a velitas y farolitos, Carlos propuso ir a cine para que, cuando el cinematógrafo proyectara la cinta en blanco y negro, él pudiera darle unas caricias a color cuando toda la sala estuviera a media luz.
Helena sintió su mano sobre sus dedos, "era como un corrientazo" en todo el cuerpo y su rostro se iluminó como aquellas "cadenetas de bombillos" que estrenaba la Avenida La Playa a finales de los años 60. Las demás veces que entraron a cine no pudieron volver a sentir los roces de sus manos porque iban acompañados por una tía que se sentaba en el medio y era tan despistada que cuando veía al león de la Metro Goldwyn Mayer rugiendo en la pantalla, se paraba y decía "Nos vamos que esta película ya me la vi".
En pleno siglo XXI, Carlos y Helena se aprietan las manos y se miran cuando se encuentran con personajes y artistas del río que los hacen reír y que parecen sacados de las películas que en sus años mozos se perdieron. "Don caballo", que relincha mientras vende obleas; el "hombre orquesta", que al mismo tiempo, canta y toca guitarra, batería y dulzaina; y el "marinero estatua", que mira fijamente la cascada de luces de colores con la esperanza de que los pasajeros del Paseo arriben sus billetes.
A lo largo del camino escuchan la banda sonora del río. Villancicos orquestados junto a un arco iris. La melodía de un trío que con violín, contrabajo y violonchelo evocan "la lunita consentida colgada del cielo, como un farolito que puso mi Dios". Acompañan al "llanero solitario" que arpegia su arpa y canta joropos y a un ciego y su lazarilla que, junto a los viejos rieles del tren, interpretan la música de carrilera, pegajosa y popular, que se escuchaba en las mejores épocas del Ferrocarril de Antioquia.
Cuando a Helena, junto al pabellón del lago de los cisnes, el molino y el pozo de agua dulce, le ofrecieron mirar a Júpiter y a sus cuatro lunas a través del telescopio, pensó que no tenía necesidad de pagar $500 por verlos porque, cuando su esposo la cogía de la mano y contemplaban el alumbrado, le salía gratis caminar por las nubes, ver de cerca las estrellas y sentirse en la luna.
El señor de los bombillos
Miguel Ángel lleva 35 años decorándoles el escenario y "prendiéndoles el bombillo" a los enamorados. Desde 1975 ha "dado a luz" a todo el pueblo de Belén, le dio vida a la ballena de Jonás, sembró árboles brillantes de Navidad y le puso el carriel paisa a un muñeco de nieve.
Miguel no sabe si es por su trabajo pero asegura que a sus 56 años aún conserva la "energía" que ha tenido todas las navidades para treparse a las copas de los árboles, las cúpulas de las iglesias y los postes de los parques para "darle luz verde" al amor.
Trabajar con la electricidad -cuenta Miguel- tiene su encanto, porque desde que pone alumbrados siente que "brilla con luz propia". En el barrio lo reconocen como "El señor de los bombillos", las mujeres lo pretenden porque es el "héroe del río" y cuando los extranjeros le piden autógrafos, él se siente como toda una "estrella". Miguel cuenta que las luces son tan coquetas que atraen y enamoran a cualquiera. Incluso hubo años en que "se les fueron las luces" a algunos conductores que del asombro cayeron al río con carro incluido. Claro que hay algo que Miguel le cambiaría a su trabajo. Asegura que todo sería perfecto "si no lo cagaran tanto los gallinazos".
El cruce
Alonso y Marta regresan al puente más antiguo de Medellín un poco mareados y con chispitas en la cabeza, no por sus edades o por los olores de lechona, pescado frito y "chunchurria americana" que se cruzan en el camino, sino porque "hicieron más estaciones que el metro" para tomarse sus "guaritos".
Mientras siguen mirando las fuentes bailarinas y las luces de parqueo de los carros varados con sus pasajeros detrás empujándolos, Alonso recordó aquella vez cuando cruzó el "Puente de los Suspiros" sobre las calles de agua de Venecia.
En algún momento de su historia, ese puente italiano unía un palacio con una prisión de la Inquisición, donde los prisioneros pasarían el resto de sus días encerrados. Por eso, antes de entrar paraban unos segunditos, miraban hacia el cielo y respiraban hondo, porque sabían que esa sería la última vez que verían las góndolas pasar sobre el río y nunca más podrían contemplar de nuevo la luz del día. A Alonso le llegó este recuerdo al corazón, porque mientras cruzaba el Puente de Guayaquil, paró, miró hacia el río, besó a su esposa y mientras le salía un suspiro, le pidió al cielo que esa no fuera la última vez que viera alumbrados con Marta a su lado.
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