Cuatro años después de haberle dicho adiós a la competencia, el fútbol sigue aferrado a la vida de Jorge Agudelo. Ahora estudia en el Sena para ser entrenador y los fines de semana juega los picaítos con los amigos.
Aunque en el momento de su despedida tenía 35 años (llegó al profesionalismo a los 24 con el Envigado) y le quedaban fuerzas y condiciones para seguir marcando goles, cuenta que el destino lo obligó a tomar una decisión que no quería.
Luego de triunfar con Nacional y Once Caldas, con el que ganó la Copa Libertadores en el 2004, un supuesto dopaje del que espera que algún día se revele toda la verdad y "haya justicia", y de ganarle una demanda al equipo de Manizales, soportó un difícil período. Además de los señalamientos, sintió el dolor de la muerte de sus padres.
Pero el amor de su esposa Claudia Restrepo (aspirante al Concejo de Envigado) y de sus hijas Mariana y Manuela lo llenaron de fe y motivación, y hoy se siente un hombre feliz y realizado. Creó su propio negocio de lavado de autos en Envigado, en el que pasa la mayor parte del tiempo como administrador.
Mientras rememora sus años de gloria en las canchas, de cuyos capítulos también guarda como testimonios las fotografías y medallas que conquistó con Nacional (Copa Merconorte 2000) y Copa Suramericana (subcampeón en 2002), Mariana lamenta que su papá ya no juegue, "porque el fútbol era su vida". Pero a la vez la pequeña expresa la parte positiva: "claro que ya está más tiempo con nosotras, antes se ausentaba mucho por las concentraciones y los viajes".
El fútbol le dejó amigos y reconocimiento, le deparó alegrías y tristezas, y lo forjó como una persona luchadora que aspira a devolverle al deporte todo lo que le dio.
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