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100MONTEBELLO100

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03 de julio de 2013
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Si usted se levanta con ganas de pasarla rico, coja cualquier cachivache y diríjase a los 5° 56 32" de latitud norte y los 75° 31 21" de longitud oeste.

Para que no se enguarale con la dirección, le aclaro que en esas coordenadas, a 2.350 metros sobre el nivel del charco, a 53 kilómetros de Medellín, queda Montebello, mi pueblo natal, que cumple 100 años de su erección.

(Para evitar equívocos, aclaro que utilizo "erección" en la segunda acepción que ofrece el diccionario de la Real Academia: fundación o institución).

En ese municipio no nace el que quiere sino el que puede: de los 7 mil millones de personas que contaminamos este peladero llamado mundo, apenas unos 11 mil podemos contar el cuento de que nacimos allí.

Los de Bello, que también están de muchos cien años, andan haciéndonos fieros con su efemérides y chicaneando con presidente, don Marco Fidel. En carrera larga hay desquite: esperen que entre esos 11 mil hijos de la niebla y del paisaje hay materia prima para superar a los bellanitas. Los que empezamos a salir por la puerta de los sustos de la vida, no dimos la talla.

Difícil encontrar gente de mejor pasta que mis paisanos.

Lo dice el tío Julio Giraldo Jiménez, mi colega de 94 años, uno de los biógrafos del pueblo. Julio me regaló el primer libro de lectura: Los tres pelos del diablo. Me presentó amigos eternos como Gulliver y Pulgarcito.

De Montebello dice cierta oposición que es un pueblo feo, faldudo y frío. Acepto las últimas condiciones, jamás la primera. Montebravo, Aurelia, o Nido de Águilas, otros nombres suyos, es una suculenta Tatiana de los Ríos para los ojos.

La crónica familiar cuenta que por liberales nos tocó abandonar el terruño a finales de los cuarenta. Fuimos a templar a Versalles, donde desperté a la vida. Me veo en la huerta de mi casa, mirando un perplejo espantapájaros.

Goditos pacíficos nos informaban que si no nos abríamos, nos aplanchaban (=macheteaban). Y emigramos.

Mis antepasados no conocieron el descanso, el estrés, el cine, la lúdica, el mar, la televisión, las prepago ni la prepagada. Solo conocieron el verbo trabajar. Nacían honestos, íntegros. Así se quedaban.

Recomiendo las frutas montebellenses. Sobre todo el aguacate. En alguna ocasión le pedí a García Márquez que rectificara el infundio de que los mejores aguacates son costeños. Lo escribió en su autobiografía. Espero respuesta.

Otro atractivo turístico: la neblina. Usted está hablando con alguien, su amor por ejemplo, y de pronto, pum: llegó la neblina. Su interlocutor ha dejado de existir, no se ve. ¿Para qué más cielo?

Si piensan que redacté una columna-gacetilla en agradecimiento a Montebello por haberme prestado sus 83 kilómetros cuadrados para nacer, están en lo cierto. Por algo en su asilo de ancianos dejé mi hoja de vida hace tiempos.

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