Cuando la invitaron a participar a su primera competencia deportiva, Caterine no tenía un par de tenis para correr. Tuvo que llevar los de doña Francisca, su mamá y primera patrocinadora, su motor para emprender un camino que hoy la tiene como la número uno del mundo en el triple salto del atletismo.
Con ese par de tenis de la mamá, la confianza del profesor del colegio, su entusiasmo propio y el valor agregado de la sonrisa que la caracteriza, Caterine entendió por donde debía direccionar su vida, una larga senda que tras alcanzar los logros destacados en el deporte, este domingo la coronaron con el más importante: la medalla de oro en los Juegos Olímpicos Rio-2016, para confirmar que “los tiempos de Dios son perfectos”.