Era marzo de 2003 y recién había celebrado su cumpleaños 80. Hacía 17 años que era expresidente de la República. Fue su primer libro de versos, lo llamó Poemas del caminante. Catarata de piedra saludaba de primero, decía: Todo era piedra/ (Chagall miraba desde el sol, / desde la luz miraba, aire inflamado).
El político también era escritor, y desde mucho antes lo había insinuado: en los años 30 llegó al seminario de Yarumal, donde aprendió latín y griego, y también escribió versos vulgares, como lo recitó para un perfil en EL COLOMBIANO en 2010: Señor, señor te rogamos,/ y rogaremos sin fin,/ que caigan rayos/ de mierda/ al profesor de latín. Lo decía risueño, si bien por eso lo expulsaron y no llegó nunca al Vaticano. Hasta eso estuvo en sus planes.
Su presidencia y su vida estuvieron marcadas por su carisma, su apetito intelectual y sus ganas de promover la cultura como agente transformador y elemento esencial para la paz.
“Fue un presidente próximo a la cultura con pruebas visibles. Su desempeño como ensayista, periodista y poeta, su trabajo en Santillana promoviendo libros, eventos y conferencias, la fundación de la revista Tercer Mundo, dedicada a temas sociales y políticos de Colombia, además de su deseo de inundar el Palacio de Nariño de arte son acciones que dan cuenta del interés del presidente por temas culturales”, contó Juan Gustavo Cobo, poeta cercano a la vida y obra de Betancur.
Un mundo cultural
En 1982 Belisario asumió el máximo cargo del país y coincidió con la entrega del premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, con quien mantuvo un vínculo estrecho. Ese mismo año, el entonces mandatario anunció la negativa del gobierno a la asignación de Colombia como sede del Mundial de fútbol de 1986.
En la alocución mencionó al escritor como elemento de representación suficiente ante el mundo en caso de perder atención: “Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la Fifa y sus socios. García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el mundial de fútbol”. En sus discursos estaba su interés por la escritura.
“Él entendió que la cultura tiene que ver con todo lo que significa el ser humano y ejercer la humanidad. Como político, poeta, escritor y presidente comprendió que la mejor representación del país está en los artistas y en sus obras cuando se muestran en diferentes lugares del mundo”, manifestó Martha Senn, cantante lírica y amiga del presidente, quien se desempeñó como embajadora cultural de Colombia en la ONU durante el mandato.
Una de sus características era su capacidad de mantener buenas relaciones personales y su necesidad de buscar en la cultura los elementos esenciales que sirven para hacer pedagogía para paz en las diferentes comunidades. “Fue alguien más importante por su poder personal que por el político. Siempre fue alguien en permanente ejercicio de su poder personal, vinculado integralmente a la importancia de fomentar la cultura, que es a la vez fuerza transformadora de lo comunitario”, añadió Senn.
Una de las campañas que promovió fue invitar a los ciudadanos a pintar palomas de paz en los territorios. “Tenía una capacidad de motivar a las personas por medio de los mensajes que transmitía, así logró que el país se llenara de palomas en distintos rincones de Colombia, una expresión artística que sirvió de inspiración para un pueblo que desconfiaba en que la guerra se pudiese acabar”, afirmó Cobo.
Un abrazo literario
El ensayo era uno de sus géneros favoritos y durante su vida publicó varios libros, entre ellos Colombia cara a cara (1961), El viajero sobre la tierra (1963), Imagen del cambio social en Colombia (1966), A pesar de la pobreza (1967), Despierta Colombia (1970) y Populismo (1970).
También escribió cuentos como Agua linda, Media vuelta a la derecha y El viajero sobre la tierra. Por supuesto, una de sus publicaciones relevantes fue Poemas del caminante, esa recopilación de escritos en la que incluyó un texto dedicado a Pedro Botero o “Pedrito”, como es conocido el hijo de Fernando Botero, quien murió cuando tenía cuatro años en un accidente automovilístico y al que su papá dibujó en un famoso cuadro que está en el Museo de Antioquia. Así escribió Belisario: Para Fernando y para que Cecilia:/ este es el grito que rompió la mano/ multiplicado por la sangre, el hierro./ Este es el tallo que quebraron juntos/ Los gallos y la lágrima en el alba.
El presidente mantuvo una relación cercana con el escultor antioqueño, tanto que durante su presidencia el artista regaló al Palacio de Nariño su obra Madre Superiora, que hace parte del patrimonio cultural de la Nación.
Betancur además fue un lector insaciable. Egresado de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana, donó su biblioteca personal en 2006 a su alma máter, cuando la institución estaba cumpliendo 70 años. “La educación es un tesoro. Yo me formé en esta, mi casa de estudios que es la UPB. Por tal motivo, qué mejor retribución que compartir este saber que debe ser público”, expresó entonces. Fueron más de 13.000 documentos, y algunos hacen parte de la sala de patrimonio, entre ellos un manuscrito que data de 1522 y otros libros, videos, láminas, revistas y fotos.
“El presidente solía venir con cierta frecuencia a visitar su colección, aproximadamente cada año recorría los pasillos y llegaba con dos o tres cajas de documentos nuevos. Era muy apegado a sus libros, se detenía en algunos y recordaba cómo los había adquirido, el lugar en el que los había comprado o el recuerdo que le suscitaban”, afirmó Paola Vélez, encargada de las Colección Patrimonial de UPB.
Sus amigos y seguidores vieron en él un ser humano antes que un político. Como esa vez que tomó clases de tango con su esposa Rosa Helena Álvarez (la primera), aunque ella aprendió y él no, y tantas otras ocasiones en las que tocó el tiple y cantó bambucos destemplados en las noches, sobre todo cuando quería que los visitantes se fueran.
Así era Belisario Betancur, el no presidente, o el presidente que también se fue por las letras, y que hasta una vez le prestó dos versos a García Márquez para El general en su laberinto, pero esos fueron siempre un secreto (casi de estado), según lo escribió él mismo en El País de España en 19.89