Dos cuarentonas jugaban tenis a la tarde. Después ocupaban una mesa con sombrilla en una terraza que miraba a las canchas. Tomaban jugo de tomate en dos vasos largos. Mi hermano, cuando estaba despierto, me preguntaba qué estaba mirando. Yo le decía que nada y él hacía una mueca del tipo “no necesito tu condescendencia, estúpido”, pero no insistía. Mi hermano solía llamarme estúpido. A mí me gustaba, me hacía pensar que ni la peor circunstancia iba a ablandarnos. Nos tratábamos exactamente igual que cuando éramos niños, salvo por los puñetazos en la espalda.
No entendía cómo se daba cuenta de cuándo estaba mirando por la ventana, en general me sentaba en un sillón y leía. O cerraba los ojos. Trataba de imaginar cómo sería una vida así, a oscuras....