En los Juegos Olímpicos de la Juventud de 2014, en Nanjin, se le escapó la medalla de bronce en los últimos tres segundos del combate frente a un rival turco. Tenía 17 años de edad y el recuerdo aún lo ronda, pero al mismo tiempo lo impulsa a esforzarse para buscar la revancha, esta vez en la categoría mayores.
El luchador Óscar Eduardo Tigreros ahora tiene 23 años de edad y luego de conseguir la clasificación para Tokio desde marzo de 2020, cuenta las horas para estar de nuevo sobre el tapiz en procura de darle gloria al país.
Nacido en Buga, Valle del Cauca, este deportista que vivió en Medellín y representó a Antioquia durante un lustro, habla con tanta seguridad y firmeza que al escucharlo surge la imagen de su figura en el podio, recibiendo la presea que un día se le escapó: “No me importa si al frente tengo a un campeón mundial, somos dos seres humanos que perseguimos idéntico objetivo y por eso siempre salgo a dejar mi vida en el escenario”.
Los únicos logros olímpicos de Colombia en este deporte los ha conseguido Jackeline Rentería, bronce en las justas de Londres-2012 y Pekín 2008, y Óscar desea ser el primer hombre en emularla.
Sabe que una actuación de estas lo catapultará como figura para toda la vida y, además, quiere que su hijo Ángel David, de un año de nacido, y toda su familia, se sientan orgullosos de él. “Aunque mi papá (Neftalí Trigreros) murió por una complicación de diabetes cuando yo tenía cuatro meses de nacido, sé lo que significa esa figura. También añoro compensar todo el apoyo de mi mamá Gloria Patricia y mis hermanos Jhon Fredy -también es luchador y está adscrito a las Fuerzas Armadas-, Diego, Carlos, María Fernanda y Víctor, que son los que me han tendido sus manos durante mi carrera”.
EL COLOMBIANO habló con Tigreros de sus inicios, de lo que ha sido su camino y de las metas que tiene como atleta y persona. Un hombre que se prepara académicamente en la Educación Física, que disfruta los viajes en moto y que se sueña siendo un gran chef.
¿Cómo llegó usted a la lucha libre?
“Ni en Buga, de donde soy oriundo, ni en mucha parte del país es promovida esta disciplina deportiva. Acá hay una familia muy reconocida como es la Izquierdo. El hijo de uno de sus integrantes se pasó a vivir por mi cuadra y un día le pregunté: ¿ve, vos para dónde te vas todas la tardes en vez de quedarte jugando con nosotros? Me dijo que se iba a entrenar lucha, que él viajaba mucho y le pagaban todo. Una vez estábamos jugando y se presentó una riña. En la pelea hice un movimiento que es de personas que llevan tiempo en lucha libre y me insistió a mí y a mi hermano a que fuéramos a practicar. Lo que seguía era lograr el permiso de mi mamá. Ella me decía: vas a venir con los ojos morados, lleno de sangre, y tenía razón, pero le insistimos tanto que nos dejó ir. Trece años después estamos acá gracias a Carlos Izquierdo”.
¿Cómo ha sido su trayectoria como atleta de élite?
“He tenido un proceso largo, de sacrificios, lágrimas, sudor y sangre porque en muchas ocasiones terminé los combates herido. Pero igual es algo maravilloso. Como todos, con altibajos, pero siempre Dios me ilumina y me trae bendiciones como fue ir a los Olímpicos Juveniles y estar por cuatro años consecutivos haciendo plata panamericana, siendo séptimo en el ranquin mundial y ahora esta clasificación que nos brinda felicidad a mi familia, al país y a mí”.
¿Ese respaldo en el hogar ha parece definitivo en toda su carrera?
“Vengo de una familia humilde, que creció a la fuerza, a golpes. Cuando me estaba preparando para los Olímpicos juveniles, por terquedad, busqué trabajo y puse en riesgo mi futuro como atleta. Gracias Dios después de esa cita me han apoyado y eso ha sido providencial para mi familia”.
Hablemos un poco es esa experiencia en los Olímpicos de la Juventud...
“Fue en China, en el 2014. Estaba peleando el bronce, iba ganando 6-2, pero el turco me hizo un movimiento que no esperaba y me sacó cuatro puntos, y en este deporte el que empata gana. Por esa acción, faltando apenas tres segundos para el final, perdí la medalla, el marcador fue 6-6, muy apretado”.
¿Qué lo hace tan fuerte y aguerrido como luchador?
“Lo primero es que tengo una velocidad explosiva que me permite sorprender a los contrincantes. Segundo, soy espontáneo, cambio de técnica de un momento a otro y los rivales no saben qué voy a tirar. Y, tercero, no respeto a nadie, en el buen sentido de la palabra. No me importa el recorrido que tenga el que esté al frente, si es medallista del mundo u olímpico. Es un humano como yo y ambos nos tenemos que entregar al máximo en la colchoneta”.
¿De quién heredó ese temperamento y convicción?
“Me dicen que de un tío que era boxeador, bueno y feroz. Mi hermano, Jhon Fredy que es de grecorromana (60 kilogramos), es igual. Busco ser un espejo para mi gente e hijo por si quieren seguir el mismo camino”.
¿Cómo vive los momentos previos a las Olimpiadas?
“Yo clasifiqué en 2020, en marzo, y las he esperado toda la vida. Esta pandemia ha traído una carga sicológica grande porque todos queremos ganar. No poder competir ni viajar a prepararse ha sido tedioso y complejo. He tenido muchas lesiones por tanto estrés competitivo y precompetitivo, quiero que lleguen rápido las justa y representar de la mejor manera a mi país. Estoy seguro de que si mañana compito lo haré correctamente”.
¿Ya conoce Tokio o será su primera vez allí?
“En 2019 tuve una concentración allá para Juegos Panamericanos de Lima, nos mostraron el escenario, la cultura, la gente, todo fue espectacular para nosotros. No tengo ninguna queja, me encantan los asiáticos porque todo lo quieren tirar por el techo y seguramente se van a tomar muy en serio esta edición para dejar la vara alta en organización”.
Luego de las hazañas de Jackeline Rentería, el reto es para los hombres. ¿Cree que esa consagración es posible para usted?
“La veo demasiado cercana, soy una persona muy positiva y quiero las metas pronto. Cuando sé que las cosas van a pasar, no me las sueño ni las imagino, me siento con las capacidades y virtudes de hacerlas realidad. Además, voy acompañado de Dios, viajo a conseguir la medalla en estos Juegos y ya que no lo logré como juvenil será en la máxima categoría, con los mayores, algo exigente pero retador”.
¿Cuáles son los referentes y rivales que tendrá en Japón, los conoce?
“Los luchadores rusos, turcos y los de Kasajistán son fuertes. Con algunos he tenido combates y estos han sido cerrados. Eso demuestra que los puedo superar en cualquier momento. Este año en Bulgaria, competí contra el subcampeón olímpico, yo venía de una para por lesión y quedamos 6-5. Lo tengo cerca y voy por la medalla”.
¿Cómo avanza la preparación en esta recta final?
“En este momento falta menos de un mes y estamos entrenando dos veces diaria, a mañana y tarde, luche que luche, cuatro y cinco horas”.
¿Qué actividades realiza cuando sus compromisos deportivos le dan tregua?
“He viajado mucho gracias al deporte y pienso que deberíamos conocer y disfrutar primero nuestra cultura, las playas y paisajes que tenemos. Me encanta el mundo de las motos, hacer recorridos de 10, 15, 20 horas, pero ahora no tengo tiempo disponible. Estudio Licenciatura de Educación Física y sé que es algo que me va a servir en el futuro, pues a quién no le gustaría que lo dirigiera un deportista olímpico”.
Pero también le gusta la gastronomía...
“Si por mi fuera, me iría de chef, aprender recetas de todas partes. De los platos típicos me encanta la bandeja paisa, viví 5 años en Medellín y, como dicen, me pareció una cuca. Es una ciudad bonita, de gente amable en la que recibí todo. Inclusive, entre mis planes está irme a vivir allá”