El DIM pasa por uno de los momentos más complicados de su historia reciente. No solo por el flojo rendimiento deportivo que ha mostrado el equipo en lo que va del 2026, que llevó a que no clasificaran a los playoffs del Apertura después de haber sido uno de los mejores equipos del 2025 en el fútbol colombiano. También, debido a que la relación entre la afición y los dirigentes sufrió una fractura difícil de sanar.
Los desmanes que ocurrieron en el Atanasio Girardot el jueves pasado, durante el partido contra Flamengo de Brasil válido por la cuarta fecha de la Copa Libertadores, fueron la muestra de que la tensión entre ambos actores llegó a su límite. Aunque son repudiables la alteración al orden público que llevó a que el encuentro se cancelara después de que lanzaran bengalas a la cancha, quemaran sillas, tiraran vallas, hubiera peleas entre los hinchas y la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (antiguo Esmad), esto fue consecuencia del actuar desmedido del máximo accionista del club, Raúl Giraldo.
El domingo 3 de mayo, después de que terminó el encuentro entre Independiente Medellín y Águilas Doradas que el cuadro rojo perdió 1-2 siendo local –con lo que quedó eliminado de la fase final de Liga–, el empresario antioqueño, que al parecer no estaba en sus cabales, hizo un gesto de celebración cuando se dirigía hacia la boca del túnel que lleva a los camerinos del Atanasio. Además, también hizo gestos de dinero con las manos y le mostró billetes a los hinchas.
Eso generó molestia en la afición. Muchos hinchas empezaron a pedir a Giraldo que vendiera el equipo. También pedían la salida de directivos actuales del club como el director deportivo Federico Spada, a quien culpan del “fracaso deportivo” que tuvo el club en el inicio de esta campaña, así como de Daniel Ossa, quien asumió como presidente, para tener su segundo periodo, el pasado 16 de marzo.
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