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Doña Ratona, La Pascasia y Candelaria: el sueño de recuperar el centro de Medellín

Gestores culturales creen que el centro de la ciudad es el lugar de la diversidad y por eso abren sitios para celebrarla. ¿Ya los conoce?

  • El centro de Medellín cuenta con varias opciones de gastronomía y rumba. Foto: Camilo Suárez.
    El centro de Medellín cuenta con varias opciones de gastronomía y rumba. Foto: Camilo Suárez.
  • La Pascasia es el sitio de encuentro de varios gestores culturales paisas. FOTOS Camilo Suárez
    La Pascasia es el sitio de encuentro de varios gestores culturales paisas. FOTOS Camilo Suárez
  • Candelaria es uno de los nuevos sitios para disfrutar la música y la gastronomía en el centro de Medellín. FOTO Julio Herrera
    Candelaria es uno de los nuevos sitios para disfrutar la música y la gastronomía en el centro de Medellín. FOTO Julio Herrera
  • Doña Ratona Cabaret abre su escenario para los artistas emergentes de la ciudad. FOTO Camilo Suárez
    Doña Ratona Cabaret abre su escenario para los artistas emergentes de la ciudad. FOTO Camilo Suárez
Sara Kapkin

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hace 1 hora
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No es necesario hacer un recuento para saber que El Poblado es el barrio más mencionado en las canciones de reguetón. Aparece en Provenza, de Karol G; Mojando Asientos, de Maluma y Feid; o Poblado Remix, de J Balvin, Karol G, Nicky Jam, Crissin, Totoy El Frío y Natan & Shander. Hay un montón más. Es un barrio que se ha transformado a la medida del género, fiestero, opulento y muy atractivo para los turistas, pero aún así insuficiente.

Medellín quiere convertirse en una capital mundial del entretenimiento y para eso se necesita diversidad: eventos grandes y pequeños, artistas famosos y emergentes, reguetón, pero no solo eso. La cultura masiva y los mercados de nicho deben desarrollarse en paralelo. Ese fue uno de los hallazgos de un estudio que la Alcaldía de Medellín y Eafit socializaron el año pasado.

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La Pascasia, un núcleo de cultura

La Pascasia es el sitio de encuentro de varios gestores culturales paisas. FOTOS Camilo Suárez
La Pascasia es el sitio de encuentro de varios gestores culturales paisas. FOTOS Camilo Suárez

Ese es un trabajo que muchos actores del sector cultural llevan años haciendo, sobre todo en el centro de la ciudad. La Pascasia, en parte, nació por eso. Fue una idea de la Corporación Música Corriente –hoy, Común y Corriente– a la que se sumaron otros amigos del sector cultural que querían darle un lugar a sus proyectos, un espacio donde desarrollarlos y hacerlos sostenibles, sumando fuerzas entre todos.

Empezó a gestarse en 2013, pero se materializó en 2016, en una casa alquilada en el centro de la ciudad, entre las calles Maturín y Bomboná. Hace dos años se mudaron a una sede propia, más grande, un edificio de cuatro pisos, sobre la calle 47, diagonal al Teatro Matacandelas.

–Que estemos en el centro es una casualidad, porque esa casa era de unos amigos que son músicos y nos dieron la posibilidad de habitarla y llenarla de contenidos culturales, pero cuando llegamos allá encontramos que la dinámica que nosotros proponemos, de democratizar el acceso al arte y la cultura, la venían trabajando todos los actores que están resistiendo en el centro hace más de 30 años: El Teatro Matacandelas, el Pequeño Teatro, El Teatro Popular de Medellín... ellos han logrado mantener un tejido vivo alrededor del arte y la cultura con programación constante, y eso nos hizo entender que definitivamente este era el lugar que teníamos que habitar. Por eso, cuando decidimos pasarnos de sede, sabíamos que no podía ser fuera del centro–, dice Jaime Suárez, director de proyectos de La Pascasia.

No ha sido fácil. En Medellín, el centro es un lugar de paso, al que casi nadie quiere ir si no es estrictamente necesario. No siempre fue así. Desde la década de 1930, más o menos, la calle Junín era quizás el sitio más celebre de la ciudad, el lugar donde había que estar, el Provenza de entonces. Con los años, eso fue cambiando por varias razones: el deterioro del lugar, la congestión, la inseguridad y la pandemia que hizo estragos por el confinamiento, entre otras.

Pero Medellín, que nació en el centro, parece que se estuviera refundando allí, por lo menos en términos culturales. Ahora casi todo se parece a Provenza, la ciudad del reguetón, pero Medellín es más que eso. La Pascasia ha hecho un gran esfuerzo, este año, cuando está a punto de cumplir 10 años. No es exagerado decir que mueven buena parte de la vida cultural de centro. Solo el año pasado recibieron cerca de 30.000 asistentes y tuvieron más de 1.300 artistas de todo tipo.

En La Pascasia hay espacio para todo. La programación es tan variada que va desde talleres de creación literaria, exposiciones de arte, charlas, fiestas de blues, porro, salsa, almuerzos, fiestas ochenteras, conciertos, en fin.

Medellín y su área metropolitana tienen una gran diversidad de tradiciones y culturas, y eso hay que visibilizarlo. Es un gran reto, porque al mismo tiempo hay que estar pendientes de los nuevos movimientos, qué es lo contemporáneo, qué es lo que los jóvenes van a estar buscando en los próximos años y traducir eso en la programación, para que la gente se sienta bienvenida y pueda llegar a este espacio y apropiarse de él–, anota Jaime.

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No es nada fácil, tampoco rápido. Jaime cuenta que es un ejercicio de paciencia y terquedad y pone de ejemplo La Orquesta de La Pascasia, que hoy es una de las más representativas del espacio cultural y del sello discográfico que tienen allí, pero que empezó hace diez años a hacer sus ensayos abiertos, a los que la gente entraba gratis. Con el tiempo fue llegando más gente, un público cada vez más exigente y los ensayos se convirtieron en conciertos, y los conciertos se terminaron consolidando como una franja de la programación que se llama El Porro es Legal y se hace los últimos viernes de cada mes.

Pero, además de la paciencia y la terquedad hace falta colaboración. La cultura es un trabajo colectivo. La Pascasia funciona así: cuando se cambiaron a la sede propia, más grande que la anterior, se aliaron con otras 12 iniciativas o empresas que también giran alrededor de la cultura. Entre los que llegaron y las líneas que han ido desarrollado en La Pascasia, hay joyería, artesanías, tienda de discos, talleres de artistas, galería, librería, restaurante, sala de conciertos, estudio de grabación, agencia de comunicaciones, sello discográfico y editorial.

–Esa diversidad nos permite intercambiar públicos, e invitarlos a que hagan parte de nuestra programación regular, generar diálogos entre los artistas, estimular la creación, diseñar medios de circulación y difusión de las obras y formar públicos–, cuenta Jaime.

Es un esfuerzo grande, que es posible a partir de un portafolio de opciones que incluye convocatorias locales y nacionales –Alcaldía, Ministerio de Cultura, organismos bilaterales y cooperación internacional– apoyo del sector privado, fundaciones, desarrollo de proyectos y unidades de negocios periféricas como el restaurante.

–Nosotros tenemos una gran responsabilidad frente al tema tradicional y patrimonial. No podemos quedarnos únicamente con el discurso mainstream. Eso tiene que tener su espacio, pero nuestra apuesta es mantener una línea mucho más diversa y que gracias a eso podamos convocar a la mayor cantidad de público. Que sientan este espacio como su hogar, su lugar, y que se sientan en el centro como en su barrio–, precisa Jaime.

Infográfico
Doña Ratona, La Pascasia y Candelaria: el sueño de recuperar el centro de Medellín

La historia de Candelaria

Candelaria es uno de los nuevos sitios para disfrutar la música y la gastronomía en el centro de Medellín. FOTO Julio Herrera
Candelaria es uno de los nuevos sitios para disfrutar la música y la gastronomía en el centro de Medellín. FOTO Julio Herrera

Candelaria abrió sus puertas en 2021, pasada la pandemia, cuando tantos negocios tuvieron que cerrar.

Es una iniciativa de Johana Gallego y Viviana Tobón, que, con el apoyo de otras amigas –pusieron plata, ayudaron a estucar, a pintar y sacar chazos– montaron el local.

–Nos soñábamos un espacio cultural para el centro, bacano, con buena comida y bebidas. El centro es un lugar que siempre nos ha gustado mucho y nos enamoramos de este local. Aquí ya han habido bares que han sido muy conocidos–, dice Viviana.

–También queríamos que fuera un espacio muy abierto y muy seguro para la comunidad LGTBIQ+, que todos pudieran convivir tranquilamente, y lo hemos logrado. Aquí pueden venir todos y escuchamos de todo, desde bullerengue hasta flamenco. Hemos hecho eventos de teatro, poesía, dibujo, hemos tenido cantautores. Ha sido muy bonito, porque han empezado a llegar un montón de artistas–, cuenta Johana.

Hay una frase que alumbra en una de las paredes del negocio: El amor gana. Eso es lo que define a Candelaria. Es lo que ellas proponen para la ciudad desde su espacio en el centro, sobre la calle 53, Maracaibo, entre el Acontista y el Parque del Periodista.

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Empezaron como un café bar, y ahora también son restaurante. A mediados de febrero empezaron a ofrecer almuerzo y en un futuro quieren ampliar más la carta y ofrecer brunch, esa comida de media mañana que está a medio camino entre el desayuno y el almuerzo. Eso es lo que sostiene el negocio.

Pero está también la oferta cultural. Candelaria está abierta a propuestas y quiere ser un espacio para talleres. Por ahora tiene unos fijos: Tardes de Pintura y Pola, para pintar y conversar bajo la tutoría de la artista Paulina Restrepo; otro de Journaling y autoconocimiento. La oferta también ha incluido tejido, arte con flores secas. Los talleres suelen ser los sábados. Los artistas o talleristas interesados se pueden acercar a Candelaria con sus propuestas. Ellas quieren un espacio para los artistas itinerantes, les dan lugar a los que no tienen.

Además de los talleres, entre semana Candelaria propone una programación muy variada. El 14 de febrero, por ejemplo, hay un evento de Gaitas y Tambores con los Gaiteros de Hato Viejo. A veces también hay salsa y son en vivo, música decembrina y tropical, noches dedicadas a Silvio Rodriguez o karaoke. Es un espacio pensado para la diversidad.

–Yo creo que hacía falta un lugar donde pudiéramos convivir tranquilos, esa ha sido nuestra apuesta y nuestra bandera, ser un espacio seguro para todos–, anota Viviana.

Candelaria está ubicado en una llamada Zona Fuxia, una iniciativa de los comerciantes para designar este tramo de la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot como un espacio cultural, de esparcimiento y diversión que incluye restaurantes, discotecas, bares, librerías, entre otras. Un espacio seguro para que cada vez más gente vaya al centro.

Según las propietarias de Candelaria, el centro tiene un estigma, la gente le tiene miedo y también pereza, pero eso se va borrando poco a poco. Cada vez va más gente viene de distintos lugares del área metropolitana, y cada vez más la gente que pasa por el centro, se queda y lo disfruta, lo habita.

–Por aquí hay muchas oficinas, y antes uno veía como la gente salía del trabajo y se iba, ahora uno ve que la gente sale del trabajo y vienen aquí, o van al Acontista, a Doña Ratona, es muy bacano porque todo se va articulando–, describe Johana.

Doña Ratona, el Cabaret

Doña Ratona Cabaret abre su escenario para los artistas emergentes de la ciudad. FOTO Camilo Suárez
Doña Ratona Cabaret abre su escenario para los artistas emergentes de la ciudad. FOTO Camilo Suárez

Doña Ratona Cabaret cumple dos años en septiembre. Es una apuesta de tres amigos que se propone ser un espacio de circulación artística. Está ubicado sobre la carrera 45, El Palo, muy cerca de Candelaria.

–Nuestra razón de ser es la tarima. Lo que nosotros hacemos es buscar la mayor cantidad de actividad cultural posible. Tenemos tertulias, charlas, concierto, danza, cine, teatro, cuentería, stand up comedy, música, todo lo que tenga que ver con arte intentamos reflejarlo en la tarima–, asegura Gabriel Jaime Gallo, uno de los socios.

Decidieron abrir en el centro no solo porque son habitantes del lugar, sino porque el centro es el sitio con la apuesta cultural más alta de la ciudad. Y designaron la tarima como el núcleo de su espacio, porque quieren acoger a todos los artistas pequeños y emergentes de la ciudad.

–La idea nuestra va muy ligada a ser un escenario pequeño, donde los artistas pequeños puedan venir a tocar para irse abriendo puertas. La idea es que todo el tiempo haya algo y que siempre terminemos de fiesta–, dice Gabriel.

La idea de cabaret suena rara, pero es más que el nombre.

–Por la crisis económica que dejó la Primera Guerra Mundial, los cafés, bares y restaurante empezaron a llevar artistas de todo tipo: cantantes, bailarines, shows circenses para poder promover sus espacios, para empelicular a la gente y atraerla a sus negocio, ahí nace el nombre de cabaret –, explica Gabriel.

Doña Ratona retoma ese propósito. Cómo tantos espacios culturales del centro, quiere que la gente vaya, mejor dicho, que vuelva al centro, como en los años 30, que no había nada mejor ni más popular que “juniniar”.

–Hace mucho tiempo y en muchos sectores y colectivos, se ha hablado de recuperar el centro, porque desde las mismas administraciones de la ciudad se le ha dado la espalda, por muchas razones. Nosotros estamos convencidos que un lugar que no se habita, se pierde, entonces lo que tenemos que hacer es habitarlo, esa es nuestra apuesta–, dice Gabriel.

Esa apuesta esta pensada sobre todo para los locales, para la gente de Medellín, que se ha ido quedando sin espacios, sobre todo sin diversidad. Por eso apoyan a los artistas y creadores de la ciudad. Es ahí donde se encuentra la ciudad, es con ellos que se piensa y se crea.

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