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La reina de este género falleció a los 76 años. Su talento impecable la llevó a conectar el cielo con la tierra.
Cuando Aretha Franklin cantaba en la iglesia, hasta los no creyentes prestaban atención. No había cumplido diez años y ya mostraba señales de ser una cantante en potencia.
Lo llevaba en la sangre, su madre, Barbara Siggers Franklin, fue una cantante de góspel, y su padre, Clarence C. L. Franklin, era uno de los predicadores más importantes de la época. Lo apodaban “la voz del millón de dólares” porque congregaba a miles de personas en sus sermones. Así que era natural que la casa de Dios se transformara en su hogar.
Aretha tenía una doble herencia: musical y divina, y tenía más tintes de diosa, que de diva. Su rango vocal le permitía navegar entre géneros músicales e interpretar a la perfección y de manera imprevista hasta piezas operáticas...