Herman Koch no pone el despertador. Por eso no se levanta a ninguna hora fija. De desayuno come una tostada y un café y lee el periódico. Una hora después de ese momento indefinido en que se para de la cama está escribiendo. Escribe dos horas, muy concentrado. No más. Después, dice, la concentración se afloja y las frases también. Mejor espera a la mañana siguiente.
En su novela Estimado señor M hay un juego con la ficción, con los personajes de la vida real, de los que los autores parten para escribir y acomodar a sus necesidades literarias. Mucha gente anda buscando verdades en los libros. ¿Eso es pura curiosidad del lector, voyerismo incluso, o también incapacidad de separar ficción y realidad? ¿Deben los escritores andar con cuidado?