¿Usted qué tan a menudo dice lo que piensa sin vacilar? Para el escritor Antonio Caballero era sencillo y común hacerlo. Sus textos y columnas de opinión —que pasaron por medios como las revistas Cambio y Semana, por los diarios El Tiempo y El Espectador, fueron dardos envenenados directo a la cabeza. Su escritura era esa: desnudar el pensamiento, incomodar a quienes lo leían.
“Era un erudito, sabía de muchos temas con una precisión histórica maravillosa, tenía un conocimiento del arte asombroso, era casi imposible pillarlo con una imprecisión”, dice el periodista Daniel Coronell, que trabajó hasta hace poco con él, pues era una de las firmas estrella en el portal web Los Danieles. “Sus opiniones siempre estaban cimentadas: eran la punta de un ‘iceberg’ inmenso de cultura y conocimiento”.
Ahora bien, ¿usted qué tan a menudo logra decir lo que piensa de una manera decente? El conocimiento sin decencia puede llegar a obviar la dignidad humana, volverlo frívolo y mezquino. El periodista Juan Carlos Iragorri (The Washington Post) define a Caballero como uno de los mejores columnistas de opinión que ha tenido el país: “No solo por su manera impecable de escribir, sino por como expresaba sus puntos de vista: brillante, decente y correcto”.
Los formalismos necesarios: nació en 1945, en Bogotá, en una familia de escritores y artistas. Su padre, el escritor Eduardo Caballero Calderón, hermano del pintor Luis Caballero y sobrino del escritor Lucas Caballero Calderón. El Derecho fue el pregrado con el que empezó sus estudios profesionales en la Universidad del Rosario. Sin embargo, cuando su padre fue nombrado embajador en la Unesco (1966) se radicó en París y se formó en Ciencia Política.
Con 31 años regresó a Colombia a trabajar en la revista Alternativa (liderada por Gabriel García Márquez), desde allí pretendió cuestionar la realidad enmarcada en el Frente Nacional. “Alternativa (1974 - 1980) demostró que era posible criticar la realidad sin tener una posición partidista única. La revista se propuso representar todo aquello que no perteneciera al establecimiento y se opusiera a ese ominoso experimento llamado Frente Nacional”, dijo en 2008 a la revista Espéculo de la Universidad Complutense de Madrid.
Su muerte, producto de un delicado estado de salud, fue lamentada por escritores y periodistas como Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina. Para Alejandro Santos Rubiano, que fue su jefe en Semana, se trataba de alguien ejemplar. “Fue símbolo del periodismo independiente, del sentido crítico y de cómo la honestidad intelectual de un periodista se convierte en un referente ético para todo un país”.
Tuvo distintos oficios: escritor, periodista, caricaturista, pero si la escritora Carolina Sanín tuviera que definirlo con solo uno de esos, elegiría el primero: “Antes que ser columnista o periodista ha sido escritor, un prosista impresionante”.
En eso coincide Coronell, que califica de preciosismo linguístico sus columnas: “Uno que pocas veces tiene la prosa, parecen más bien producto de la poesía. La medida precisa de las sílabas, la palabra perfecta. El mayor orgullo profesional que tuve en la vida fue llegar a escribir al lado de él”.
De literatura solo publicó un libro, la novela Sin Remedio (1984), en la que también hay cerca de 20 poemas escritos por él, o por el protagonista, Ignacio Escobar.
Finalmente, lo discutible: defendía el arte y, con él, como si fueran inherentes, la tauromaquia. En una de sus columnas en Semana afirmó: “Los antitaurinos son muy primitivos. Lo cual, me apresuro a aclarar, no es un defecto: es un estadio temprano y todavía tosco del desarrollo espiritual, que puede evolucionar con el paso del tiempo”.
Su última columna en Los Danieles estuvo dedicada al presidente de la República, Iván Duque: “Tiene una curiosa relación con la historia de su país, Colombia. Se nota que se la enseñaron en Washington. Y encima no la asimiló bien”. Era feroz, sagaz, sutil, agudo, altivo, cuchillo que entra y deja la herida.