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El libro “Botero, 90 años”, un testimonio del legado invaluable del maestro

El libro Botero, 90 años, apoyado por la Gobernación de Antioquia, reúne toda la obra que el pintor ha donado al departamento. Su hijo Juan Carlos estuvo en la presentación y habló en nombre de su padre.

  • Juan Carlos Botero es escritor, en 1986 ganó el Premio Juan Rulfo de Cuento con “El encuentro” y en 1990 ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento, en México con “El descenso”. Foto cortesía Edwin Bustamante.
    Juan Carlos Botero es escritor, en 1986 ganó el Premio Juan Rulfo de Cuento con “El encuentro” y en 1990 ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento, en México con “El descenso”. Foto cortesía Edwin Bustamante.
09 de septiembre de 2023
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El libro Botero 90 años -publicado por la Gobernación de Antioquia- da cuenta de la obra de Fernando Botero, pero también de su generosidad. En sus páginas están registradas cada una de las pinturas y esculturas que el artista ha donado a la ciudad y que están bajo la custodia del Museo de Antioquia. Pero el libro, más que ser un catálogo, tiene como propósito acercar a las niñas y los niños del departamento al arte a través de la obra del maestro.

“En medio de una historia que ha buscado superar la inequidad para encontrar la paz, Fernando Botero ha querido desde el arte y otros frentes de solidaridad ser uno de los grandes benefactores en favor de la infancia, el desarrollo integral y la profesionalización del campo de la cultura en Colombia”, escribió la directora del museo María del Rosario Escobar.

El libro celebra la vida y la obra del maestro, que ha sido un embajador de Antioquia y de Colombia en el mundo. Su hijo Juan Carlos estuvo en el presentación. EL COLOMBIANO habló con él para saber más del hombre detrás del artista.

¿En qué momento se dio cuenta de quién era su padre para el mundo?

“Nosotros crecimos viendo a mi padre batallar contra el anonimato, el ninguneo, la falta de reconocimiento. Él vivía muy pobremente y con muy poco éxito. Pero el momento en que yo me di cuenta de que algo había cambiado fue cuando uno de los primeros galeristas que tuvo en los Estados Unidos le ofreció cambiar un cuadro por un carro.

Con mis hermanos le dijimos, papá, qué maravilla esto. ¿Lo vas a hacer? Dijo que no. Él ya tenía claridad de que el cuadro costaba más que el carro en ese momento. Eso debió ser en el año 66, por ahí”.

¿Esa conciencia temprana del valor del arte de su padre cómo cambió la relación con él?

“Él ha sido una persona muy sencilla toda la vida. Lo que cambia de mi papá es lo que lo rodea. Quizá las paredes o un automóvil, pero él sigue siendo exactamente la misma persona. Tengo tres maneras de admirar a mi padre: como artista, que me parece realmente un gigante; como ser humano, por su generosidad, su calidad humana y su sencillez; y como padre.

Cuando se es niño uno no se da cuenta, pero con el paso de los años, ya que uno tiene hijos también, entiende lo que él hizo con nosotros, que fue increíble, demostró una grandeza extraordinaria en esa pobreza, las cosas que se le ocurrían para distraernos y divertirnos eran geniales”.

¿Cómo recuerda esos años?

“Como no tenía un centavo, todo tenía que ser gratuito. Por ejemplo, un plan era ir al cementerio, entonces antes de llegar nos contaban unos cuentos increíbles, llegábamos ya temblando de miedo. Como mi padre y mi madre ya estaban divorciados, lo veíamos los viernes en la noche, pero pasábamos toda la semana pendientes de estar con él, porque realmente volvía mágica la vida. Era un deleite estar con él. Volvía mágica una situación que podía ser muy difícil y eso uno lo agradece con toda el alma toda la vida”.

Era un contador de historias y usted es novelista, ¿qué relación tiene su oficio de contar historias con su padre?

“Creo que viene mucho de ahí. Él es un contador de historias nato, y eso se manifiesta en su obra. Me gustaría que alguien hiciera el conteo de cuántos personajes existen en su obra. Es un mundo entero, un universo extraordinario, lleno de personajes de todo tipo, él ha hecho de todo”.

Cómo se traduce en la obra esa capacidad narrativa de su papá...

“Mi padre es un gran conocedor de la historia de la pintura, es una enciclopedia, y ha entendido que el arte fue creado para dar placer, esa es su función fundamental. Es una manera de comunicar un deleite estético y enaltecer la vida.

Él se apoya en las grandes tradiciones para crear su propia obra y entiende que la ternura, la sátira y el humor son elementos fundamentales. El humor, como él dice, es una pequeña ventana que le hace un guiño al espectador y lo invita a ingresar a la obra, y eso es válido. Los únicos cuadros donde no hay humor ni ternura ni sátira son los cuadros de la violencia, porque son una denuncia clara y real, inequívoca de la barbarie y las atrocidades de Colombia en los años 90”.

Usted habla de coraje para describir a Fernando Botero como artista, ¿dónde ve ese coraje?

“A uno se olvida lo que fue para un artista pobre, desconocido, sin éxito, burlarse de la iglesia católica en los años 50. La iglesia católica con el concordato, por favor, eso era un tabú intocable. Requirió mucha audacia para hacer eso y para burlarse de la aristocracia colombiana y de los dictadores latinoamericanos en los años 60 y 70, que fueron cuadros tremendos.

Y se necesitó muchísimo temple para pintar esa serie de la violencia en Colombia, denunciando el paramilitarismo, la guerrilla, el narcotráfico, la delincuencia común, los esmeralderos. Y para denunciar las atrocidades de los guardias norteamericanos en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak. Y además, no solo eso, sino exponer esa obra entera en Estados Unidos y regalarla a ese país”.

También hay coraje en su propuesta artística, en su estilo...

“Para mí su mayor coraje fue ir en contra de las corrientes del arte e insistir que el arte fue creado para dar placer. Insistir en las grandes tradiciones del arte, en la belleza estética, en el deleite que ofrece la obra de arte, mantenerse sus convicciones”.

Fue rebelde también...

“Total. Él dice que ha sido un rebelde permanente. Y fíjate, nunca perteneció a una escuela, a un movimiento, siempre fue solo en contra de las corrientes del momento. Él tiene una lucidez de nutrirse de todo lo que ha visto, inclusive de los artistas, de esa audacia, pero sin renunciar a sus convicciones. Se necesitaba mucho coraje para ser fiel a sus ideas”.

En qué momento se vuelve universal un personaje tan antioqueño...

“Para mí lo que mostró de una manera impactante y abrumadora su universalidad fueron las tres exposiciones que se hicieron en la China (Beijing, Shanghai y Hong Kong). Porque que una persona con una temática tan latinoamericana, tan colombiana, tan antioqueña, triunfara de esa manera en la China, que es una cultura tan ajena, tan distinta, mostró un aspecto que muy pocos artistas han alcanzado, que es la verdadera universalidad. Y él me decía, mira, es que un verde bello se aprecia en cualquier cultura.

Y eso es cierto, como el arte es una expresión visual, los colores, la forma, la exaltación del volumen, todos los elementos que caracterizan la obra de mi padre se pueden apreciar en cualquier lugar. Pero su temática tan local es a la vez universal, porque antes que ser universal hay que ser parroquial, como él dice, y tiene toda la razón, porque solo al hundir las manos en las raíces más profundas de la condición humana es que tocas los elementos que son comunes a todas las personas”.

Cuando la gente se refiere a la obra de su padre, habla de las gordas, pero para él no es gordura, sino un asunto de volumen...

“Es muy diferente. Es muy tierno que la gente asocie la obra de mi padre con la gordura, pero él dice que nunca ha pintado una persona gorda en toda su vida. No tiene nada que ver con eso, sino con el volumen”.

¿Pero él tuvo eso claro desde el principio?

“Mira, a él le pasó una cosa increíble e inexplicable. Si tú miras los cuadernos de colegio de mi padre, cuando era un niño, los dibujos que hizo tenían instintivamente una inclinación por lo volumétrico. Cuando llegó a Europa y encontró la pintura de Piero della Francesca, Masaccio y demás, encontró resonancia a esa inquietud en esos artistas. Y cuando leyó los grandes ensayos de Bernard Berenson, que hacía una gran apología al volumen, mi padre encontró sustento intelectual y filosófico a lo que había sido una inclinación intuitiva. En ese momento se fue más allá, ahondando aún más en esa exaltación del volumen con la convicción que transmitía belleza y sensualidad”.

¿Y usted quiso alguna vez pintar, hacer escultura? Sus hermanos...

“Ninguno”.

¿Qué tanto pesa la sombra de su padre en ese sentido?

“Doy gracias a Dios que ninguno tuvimos influencia con la pintura, porque si pesa, aún en campos diferentes... Ya no, yo ya tengo nueve libros publicados, tengo una carrera y demás, pero al comienzo era una cosa abrumadora, una sombra tremenda. En el mismo campo hubiera sido castrante”.

Háblenos de Sophia Vari, ¿qué influencia tuvo en los casi 50 años que estuvo al lado de su padre?

“Su influencia fue multifacética. A nivel familiar ella fue una fuerza muy grande para mantener la unidad de la familia. Pero su mayor aporte, y es donde le tengo mayor gratitud, es en lo que fue ella como pareja de mi padre. Porque, te podrás imaginar que para él era muy importante tener a una mujer brillante a su lado y Sofía, literalmente, es la mujer más sábia que he conocido en toda mi vida”.

Cómo era esa relación...

“Ellos tenían un diálogo constante, apasionado e insaciable sobre el arte y para mi padre tener esa interlocutora era algo extraordinario. Hoy en día dice que lo que no puede creer es que Sofía no pueda contarle cosas, ni escuchar lo que él quisiera decirle, ni compartir sus inquietudes sobre el arte”.

¿De dónde viene ese amor de su padre por el país, por Antioquia, esa filantropía tan única y escasa en Colombia?

“Por gratitud. Mi padre es un hombre muy exitoso gracias a su obra, pero su obra es el resultado de su país. Por eso su gran gratitud y amor por Colombia. Él entendió que la materia prima de su obra es su propia tierra. Entonces, es una manera de devolver atenciones”.

¿Cómo está él en este momento?

“Habla muy bien de mi padre que a los 91 años siga trabajando todos los días, y no solo trabajando, sino que sigue buscando y descubriendo nuevas técnicas y nuevos elementos y soluciones a los eternos problemas de la pintura.

Yo lo pongo de esta manera. Goya al final en su vida pintó un retrato de sí mismo como un viejo, viejísimo, con las barbas largas al piso. A un lado puso una leyenda que dice: “Aún aprendo”. Eso es exactamente lo que hace mi padre. Él sigue aprendiendo, sigue buscando insaciablemente, descubriendo soluciones nuevas y las comparte con gran entusiasmo”.

¿Cuál es la importancia de este libro en este momento?

“Este libro lo celebro, lo aplaudo y lo recibimos con enorme entusiasmo, porque tiene la totalidad de las obras que mi padre ha regalado a Antioquia. Es un catálogo completo, y ante todo está impecablemente hecho. Tiene un texto precioso de Edward Sullivan, un gran crítico norteamericano. Tiene un texto mío que escribí con enorme admiración y gratitud.

Y me parece que es un verdadero testimonio de filantropía que en este país hace muchísima falta. Los ricos en este país podrían constribuir un poquito más, ser más generosos, muchísimo más generosos”.

Y más agradecidos...

“Claro, más agradecidos, que es lo que dice mi padre. No entiendo esa actitud de muchos millonarios que no creen en dar, para mí es incomprensible. Tienen el gran orgullo de ser 'self-made', hombres hechos por sí mismos, pero no se dan cuenta de que llegaron al trabajo en carreteras que alguien les ofreció, iluminadas por un alumbrado público que alguien les dio, por una tecnología que desarrollaron otras personas... No se han hecho solos. Hicieron lo que hicieron gracias al aporte de otros. Ojalá sirva para que otras personas sigan ese ejemplo de filantropía tan maravilloso”.

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