Manel Loureiro es abogado, aunque menos que hace nueve años. Cuando estaba pequeño se atrevió a escribir uno que otro texto, que no mostrará nunca, dice, pero no pensaba que quería ser escritor. Sabía, en cambio, que era un lector compulsivo, y cuando estudió Derecho, estuvo bien. Eso quería.
Hasta que un día sintió que necesitaba decir algo que no fuese jurídico, con sus maneras técnicas de hacerlo, sino más fluido, más literario, y a él, sin ser conocido, sin relaciones editoriales, se le ocurrió compartir sus ideas en un blog. De esas cosas que el crecimiento de lectores fue exponencial, de una semana a otra.
Manel no sabe qué pasó. Esa primera novela, Apocalipsis Z. El principio del fin tuvo más de un millón y medio de lectores online. Era un fenómeno viral, que en 2007 se publicó y el éxito siguió impreso: su primer libro fue un bestseller.
El escritor español sabe que no puede explicar el éxito virtual. “Esa es la gracia de estos asuntos”, añade. Un componente de imprevisibilidad que se escapa al talento y que, sobre todo, le suma una responsabilidad. “Hay que buscar hacerlo lo mejor posible, infinitamente mejor que la última vez. Es un derroche de esfuerzo, y no se puede confiar todo al azar. Hay que trabajar en la técnica y el talento”.
En eso ha trabajado desde ese primer golpe, que siguió en dos novelas más, Los días oscuros y La ira de los justos, a las que también les ha ido bien con los lectores y traspasado las fronteras de su país: sus libros han sido traducidos a más de quince idiomas y publicados en unos 30 países, entre ellos Colombia.
El género tiene que ver en el éxito de este autor. El thriller de terror, la acción, el misterio. “Al final –señala Manel–, uno acaba escribiendo las historias que le encanta leer. Me gusta que haya que pasar las páginas de manera compulsiva, y el libro se convierta en una montaña rusa. Las historias de misterio son fenomenales para esto, para arrastrar al lector hasta el final. Si el lector invierte su dinero y, mucho más importante su tiempo, haces un pacto: le tienes que ofrecer una experiencia de entretenimiento”.
Ahí está, entonces, su compromiso, su interés. Manel sabe que aunque al principio ser escritor no estaba directamente en su vida, contar historias lo ha hecho siempre. Como abogado lo hacía, a su manera, para menos personas y con menos tiempo.
Ser abogado le sirvió, además, para saber cómo ordenar las ideas, y ser lector compulsivo, para comprobar que detrás hay un autor que solo le falta salir a encontrar su capacidad de contar. Manel la encontró. Y el escritor se superpuso. Ahora es más escritor que todo lo demás.
Por eso, de vez en cuando vuelve a leer los primeros textos, esos que no va a mostrar nunca, porque no cree que tengan la calidad suficiente, los ve inocentes y con falta de técnica. Los lee, no obstante, porque sabe que es importante saber de dónde se viene. Más allá de tener libros muy vendidos.
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