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La historia virtual de Manel Loureiro

El autor español empezó a escribir en internet, y ello le abrió el camino: los lectores lo siguieron en los libros.

  • El autor estuvo de paso en Bogotá, conversando de su novela Fulgor, y de su experiencia como escritor. FOTO cortesía
    El autor estuvo de paso en Bogotá, conversando de su novela Fulgor, y de su experiencia como escritor. FOTO cortesía
04 de abril de 2016
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Manel Loureiro es abogado, aunque menos que hace nueve años. Cuando estaba pequeño se atrevió a escribir uno que otro texto, que no mostrará nunca, dice, pero no pensaba que quería ser escritor. Sabía, en cambio, que era un lector compulsivo, y cuando estudió Derecho, estuvo bien. Eso quería.

Hasta que un día sintió que necesitaba decir algo que no fuese jurídico, con sus maneras técnicas de hacerlo, sino más fluido, más literario, y a él, sin ser conocido, sin relaciones editoriales, se le ocurrió compartir sus ideas en un blog. De esas cosas que el crecimiento de lectores fue exponencial, de una semana a otra.

Manel no sabe qué pasó. Esa primera novela, Apocalipsis Z. El principio del fin tuvo más de un millón y medio de lectores online. Era un fenómeno viral, que en 2007 se publicó y el éxito siguió impreso: su primer libro fue un bestseller.

El escritor español sabe que no puede explicar el éxito virtual. “Esa es la gracia de estos asuntos”, añade. Un componente de imprevisibilidad que se escapa al talento y que, sobre todo, le suma una responsabilidad. “Hay que buscar hacerlo lo mejor posible, infinitamente mejor que la última vez. Es un derroche de esfuerzo, y no se puede confiar todo al azar. Hay que trabajar en la técnica y el talento”.

En eso ha trabajado desde ese primer golpe, que siguió en dos novelas más, Los días oscuros y La ira de los justos, a las que también les ha ido bien con los lectores y traspasado las fronteras de su país: sus libros han sido traducidos a más de quince idiomas y publicados en unos 30 países, entre ellos Colombia.

El género tiene que ver en el éxito de este autor. El thriller de terror, la acción, el misterio. “Al final –señala Manel–, uno acaba escribiendo las historias que le encanta leer. Me gusta que haya que pasar las páginas de manera compulsiva, y el libro se convierta en una montaña rusa. Las historias de misterio son fenomenales para esto, para arrastrar al lector hasta el final. Si el lector invierte su dinero y, mucho más importante su tiempo, haces un pacto: le tienes que ofrecer una experiencia de entretenimiento”.

Ahí está, entonces, su compromiso, su interés. Manel sabe que aunque al principio ser escritor no estaba directamente en su vida, contar historias lo ha hecho siempre. Como abogado lo hacía, a su manera, para menos personas y con menos tiempo.

Ser abogado le sirvió, además, para saber cómo ordenar las ideas, y ser lector compulsivo, para comprobar que detrás hay un autor que solo le falta salir a encontrar su capacidad de contar. Manel la encontró. Y el escritor se superpuso. Ahora es más escritor que todo lo demás.

Por eso, de vez en cuando vuelve a leer los primeros textos, esos que no va a mostrar nunca, porque no cree que tengan la calidad suficiente, los ve inocentes y con falta de técnica. Los lee, no obstante, porque sabe que es importante saber de dónde se viene. Más allá de tener libros muy vendidos.

Nuevo libro

Manel manejaba por una carretera de España, solo. Estaba oscuro y, de pronto, se dio cuenta de que la única mancha de luz era él y su carro. Al lado, en el bosque, descubrió una sombra oscura, que venía corriendo. No sabe qué era, no quiere saber tampoco, pero fue el punto inicial para su novela más reciente, Fulgor.

Una idea accidental, la llama él, que le hizo pensar que quería contar un relato sobre la lucha entre el bien y el mal, hasta dónde puede llegar una persona, que no es una heroína, para salvar a su familia, hasta dónde puede soportar enfrentarse a un peligro que pone en riesgo su vida y que le hace tomar decisiones extraordinarias.

Porque a Casandra, la protagonista de la novela, le cambia el destino por un accidente de tráfico que la deja en coma y, al recuperarse, un poder, la posibilidad de ver auras.

Es un juego en el que el escritor se mete. “Nadie puede certificar que las auras existen, pero no significa que no puedan existir. Permiten poder distinguir a las personas buenas de las malas, pero es un poder de un calibre tal, que si te pasase, como a Casandra, no lo puedes demostrar, porque quién te creería”.

También hay un interés por los símbolos, como esas imágenes poderososas que “de un solo golpe tienen un montón de significados”. En Fulgor hay un símbolo, porque hay unos personajes, sigue Manel, de tal calibre, que tenían que tener su propio símbolo.

Lo demás se resuelve en las 486 páginas que tiene Fulgor.

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