En 1989, Darío Gómez era ya una el Rey del Despecho, el máximo exponente de la música popular en Colombia y uno de los más importantes en el continente. Pero faltaba todavía regalarle al mundo su obra más emblemática: “Nadie es eterno en el mundo”.
Meses atrás de escribir su canción más exitosa, Darío había regresado a su San Jerónimo natal a recorrer sus calles y reencontrarse con viejos amigos. Se sorprendió al saber que el cementerio que había prestado sus servicios fúnebres durante medio siglo había cerrado y que en ese mismo lugar cientos de familias construirían sus hogares.
“El alcalde de ese entonces decidió entregarles el lote a las personas más humildes del municipio para que construyeran sus casitas. Tras conocer el asunto, me reuní con un amigo a tomar unas copas y nos pusimos a reflexionar cómo decenas de personas, de familias, iban construyendo sus casas y sus vidas a medida que iban haciendo a un lado a los muertos. Ahí hablamos y entendimos lo efímero y frágil de la vida y la ingratitud de los vivos hacia los muertos”, dijo Darío Gómez en 2020 recordando aquel momento.
Ese amigo se llamaba Luis Ernesto Gallego y en medio de las botellas vacías le aseguró a Darío que tras presenciar la insignificancia de la vida convertida en polvo y olvido podía escribir una canción memorable. “Sí, y se llamará Nadie es eterno en el mundo”, respondió el cantante a su amigo quien moriría cuatro meses después por problemas respiratorios.
“Nadie es eterno en el mundo” vendió más 60 millones de copias y lo catapultó a estrella internacional al cantar a dúo con Rocío Durcal y Vicente Fernández. Tito Rojas también la inmortalizó y en la cultura popular de América Latina es un himno infaltable sin importar las clases sociales.