Un intenso frío me despierta desde hace dos meses que llegué a La Ceja del Tambo, en Antioquia, desde Maracaibo, Venezuela. Veo el reloj y me doy cuenta que son las 4:30 de la mañana, una hora antes de la hora programada en la alarma de mi celular. La oscuridad con la que me despierto se asemeja a la de aquella madrugada cuando me despedí desconsolado de mi esposa y dos hijos rumbo a Colombia, en busca de una mejor vida para todos.
Me encuentro en la salita del pequeño apartamento de dos cuartos, dos baños y una modesta cocina que mi hermana y cuñado arrendaron hace 15 meses. Ellos huyeron primero que yo de Venezuela junto con mi sobrina de siete años. Hace seis meses se les unió mi mamá y ahora mi hermana y yo. Duermo en el piso sobre una delgada colchoneta. Todos caminan cuidadosamente cuando van al baño por las madrugadas para evitar tropezarse conmigo. Estoy consciente de la incomodidad que les provoco, pero ellos aguantan conmigo.
Saben que cualquier sacrificio –incluido dejarme dormir...