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Tras cuatro años al mando de la salud, Alejandro Gaviria enfrenta ese reto desde la otra orilla.
“La vida es incierta. Azarosa. Da giros imprevisibles”. De rostro adusto y ceño fruncido, el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, habla rápido pero sin alterarse un pelo, sin siquiera mover los brazos. En el atardecer del 20 de febrero del año pasado, el dueño de la papa más caliente del Gobierno no estaba enfrentando la feroz y usual crítica de la opinión pública sino a 443 graduados universitarios en Cali.
Del Ministro encargado del criticado sistema de salud, del “banquero calculador” que retratan sus opositores, salió esa tarde una reflexión de la vida, algo sorpresiva para alguien que no cree en designios divinos ni destinos trazados. Siempre una paradoja.
Esta no solo se ve reflejada en su vida pública, que muestra a un declarado agnóstico...