Después de nueve horas de camino por el monte en busca de fosas y otra más excavando la tierra, el equipo de exhumaciones divisó los esqueletos que a simple vista revelaron la barbarie de los victimarios. Los restos de hombres y mujeres con señales de tiros de gracia y algunos aún atados de pies y manos.
Cuatro osamentas de víctimas de las Farc y paramilitares fueron desenterradas para alivio de sus familiares durante una semana de largas caminatas por apartadas zonas rurales del corregimiento de Arboleda, en el norte de Caldas.
El fiscal coordinador de la Unidad de Exhumaciones en Antioquia, Gustavo Duque, quien define su labor como un “apostolado por los desaparecidos y sus familias”, recuerda que no solo encontrar esa área remota, el terreno escarpado y el calor dificultaron su labor. “Fue una diligencia difícil porque había campos minados y presencia guerrillera, pero seguimos en esta labor ardua que durará muchos años más... quizás décadas”.
Las cifras de la Fiscalía confirman la magnitud de la desaparición forzada en Colombia por el conflicto armado y otras formas de violencia. Pero también el arduo trabajo de los fiscales y técnicos forenses que enfrentan la topografía montañosa, las inclemencias del clima y hasta el hostigamientos de los violentos.
Hasta enero de este año fueron exhumados 5.782 restos humanos en 4.496 fosas comunes en todo el país. La noticia de encontrar a sus seres queridos, que creían desaparecidos para siempre, ya llegó para los parientes de 2.789 víctimas identificadas y entregadas a sus familias. “Antioquia es la región con más restos de víctimas de todos los grupos armados exhumados y entregados”, precisa el fiscal.
Ese alivio a tanto dolor es lo que siente María por su hijo asesinado y desaparecido en el Urabá antioqueño por los paramilitares. Tras casi 15 años de espera, en 2011 recibió un pequeño ataúd con sus restos en una ceremonia junto a otras familias con la misma tragedia.
Y rememora “me dijeron que lo habían matado, pero yo lo veía en sueños y la incertidumbre de no saber si estaba vivo o muerto era un dolor de no acabar. Ahora se dónde está sepultado con dignidad y puedo visitarlo”.
Cada exhumación es una misión riesgosa y costosa, que exige la presencia de un fiscal, antropólogo, topógrafo, fotógrafo forense, microbiólogo y auxiliares, además del apoyo del Ejército y la Policía en zonas con grupos ilegales.
“En Mandé (Chocó) las Farc nos dispararon cuando exhumábamos unos cuerpos y luego un guerrillero trató de asesinarnos en el campamento donde dormíamos”, cuenta el fiscal Duque.
En otros casos, exparamilitares y guerrilleros desenterraron cuerpos y los sepultaron en otros sitios o los arrojaron a ríos para evitar que los hallaran y así borrar toda evidencia de su crimen.
Los funcionarios cuentan que han caminado trochas y montañas tan escarpadas en busca de fosas que muchas veces deben usar toallas higiénicas como plantillas dentro de los zapatos, para evitar las ampollas en los pies.
Regístrate al newsletter