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No solo fue el caso de Nicolás Petro; estos eran los otros procesos bomba del fiscal Mario Burgos

El fiscal Mario Andrés Burgos Patiño es una de las figuras más visibles y polémicas de la Fiscalía en los últimos años. Tuvo confrontaciones hasta con el presidente Gustavo Petro.

  • Mario Burgos, exfiscal. Foto: tomada de video
    Mario Burgos, exfiscal. Foto: tomada de video
hace 3 horas
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Mario Andrés Burgos Patiño renunció a la Fiscalía y pidió que en su nueva etapa se le diera garantías y protección. Su carrera en la investigación judicial es de 18 años, los cuales distribuyó entre la Rama Judicial y el ente acusador, donde su trabajo fue de amores y odios en la opinión pública colombiana.

Durante sus primeros 6 años de carrera profesional, Burgos se desempeñó en la judicatura entre el 3 de julio de 2008 y el 9 de septiembre de 2014 con cargos asistenciales y administrativos, consolidando su formación como abogado penalista y especialista en derecho procesal.

Burgos Patiño consolidó su trayectoria en el sector judicial cuando fue juez en Nariño, su tierra natal, antes de dar el salto a la Fiscalía. En la capital, su ascenso fue meteórico, posicionándose como un fiscal delegado ante el Tribunal Superior con una especial habilidad para manejar procesos de alta complejidad técnica y mediática.

Su formación académica, que incluye una maestría en Derecho Penal y especializaciones en derecho procesal y público, le permitió liderar unidades clave dentro de la institución, donde se ganó la reputación de ser un investigador incisivo, aunque a menudo cuestionado por su estilo confrontativo en las audiencias.

En el último trimestre de 2014 llegó a la Fiscalía, donde permaneció casi 12 años hasta su reciente renuncia conocida este martes. Allí se destacó como fiscal especializado.

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Ganó relevancia nacional al lograr la condena de Amanda Azucena Castillo, exrectora del Gimnasio Castillo Campestre, por su responsabilidad en el suicidio del estudiante Sergio Urrego en 2014, derivado de acoso sistemático y discriminación por su orientación sexual.

La condena, a más de 10 años de prisión, se fundamentó en manipulación de pruebas y falsas denuncias de acoso sexual contra el estudiante.

El caso Nicolás Petro, la polémica principal

Burgos no era un fiscal al que le gustara pasar desapercibido. Su nombre empezó a aparecer con frecuencia en los expedientes más sensibles del país, en aquellos donde la justicia se cruzaba con el poder político, la presión mediática y las expectativas públicas de resultados inmediatos.

Su irrupción más ruidosa se dio con el proceso contra Nicolás Petro Burgos, el hijo del presidente Gustavo Petro. Allí, Burgos no solo asumió la investigación por enriquecimiento ilícito y lavado de activos, sino que quedó en medio de una tormenta política sin precedentes.

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Las capturas, las audiencias y, sobre todo, las filtraciones de interrogatorios convirtieron el caso en un espectáculo nacional. La Fiscalía parecía hablar tanto en los estrados como en los medios. Y en ese doble escenario, Burgos fue señalado por un manejo que, para algunos, rozaba la exposición indebida del proceso. El expediente, entonces, se volvió una disputa narrativa en la que también quedó involucrado el entorno del Jefe de Estado.

En febrero pasado, un juez administrativo de Bogotá impuso una multa de cinco salarios mínimos al presidente Gustavo Petro por desacatar una orden de retractación relacionada con afirmaciones contra Burgos.

Para entonces, el mandatario vinculó al fiscal con supuestos nexos con el narcotráfico y cuestionó su ética profesional en redes sociales. Aunque Petro publicó un mensaje de corrección, la justicia consideró que no cumplió los términos exigidos de rectificación sincera.

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En noviembre de 2025, la Fiscalía reconoció formalmente a Gustavo Petro como presunta víctima en un proceso por fraude procesal contra el propio fiscal Burgos. La investigación se basa en que Burgos habría extralimitado sus funciones al interrogar a Nicolás Petro sobre si su padre conocía el ingreso de dineros ilícitos a la campaña, violando presuntamente el fuero presidencial.

Burgos, entonces, fue apartado de la investigación principal contra el hijo del presidente luego de que la Comisión de Disciplina Judicial le formulara cargos por faltas gravísimas.

También, por el mismo caso, se le señaló de permitir la difusión en medios de comunicación, en especial en la revista Semana, del video de la captura e interrogatorio de Nicolás Petro.

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Fue señalado, incluso, de presionar al procesado para que aceptara un preacuerdo e investigara al presidente, a pesar de no tener competencia para ello. La defensa de la familia Petro ha sostenido que Burgos “actuó con un sesgo personal”.

Durante el proceso, el fiscal llegó a declarar que el hijo del presidente era “prácticamente su enemigo”, lo que fue utilizado por los abogados para fundamentar recusaciones exitosas que terminaron sacándolo del caso.

De Petro a Mauricio Leal

Pero no era la primera vez que su nombre generaba ruido. En el caso del asesinato del estilista Mauricio Leal, Burgos logró lo que muchos fiscales no consiguen: una confesión que hoy sigue bajo escrutinio.

Jhonier Leal, hermano de Mauricio, terminó aceptando el crimen de su hermano y de su madre en una audiencia que estremeció al país. Sin embargo, ese mismo logro fue el origen de las críticas.

La forma en que se condujo el interrogatorio —directo, insistente, casi asfixiante— abrió un debate sobre los límites de la presión fiscal.

Luego del mismo, Jhonier se retractó y decidió afrontar un juicio, donde perdió y el 14 de junio de 2024 una juez de conocimiento de Bogotá lo condenó a 55 años y 3 meses de prisión por homicidio agravado (en concurso sucesivo y homogéneo) y ocultamiento, alteración o destrucción de elemento material probatorio.

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Marcelo Pecci y otros

Ese mismo patrón (resultados rápidos seguidos de cuestionamientos) se repite en otros expedientes. En la investigación por el asesinato del fiscal paraguayo Marcelo Pecci, Burgos participó en la judicialización de los autores materiales con una velocidad que fue destacada incluso a nivel internacional. Pero el caso dejó un vacío evidente: los autores intelectuales, como suele pasar en la mayoría de crímenes. Así está, por ejemplo, el magnicidio del precandidato Miguel Uribe Turbay, ocurrido en 2025.

La sensación de una justicia incompleta empezó a instalarse, como si el expediente se hubiera quedado a mitad de camino. En procesos más sensibles desde lo social, como el de Sergio Urrego, su actuación también fue objeto de críticas.

Organizaciones defensoras de derechos denunciaron enfoques investigativos que, lejos de reparar, parecían profundizar la herida. Algo similar ocurrió en el caso de Santiago Murillo, donde el manejo del proceso frente a la fuerza pública fue leído por algunos sectores como insuficiente o tardío.

El joven de 19 años fue asesinado la noche del 1 de mayo de 2021 en la calle 60 con carrera 5 de Ibagué, Tolima. Santiago caminaba hacia su casa cuando recibió un disparo en el pecho en medio de las protestas del Paro Nacional.

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El 7 de abril de 2026, la Procuraduría General de la Nación sancionó al mayor (r) Jorge Mario Molano Bedoya con destitución e inhabilidad por 14 años debido al uso excesivo de la fuerza. El crimen ocurrió cuando el joven iba con las manos en los bolsillos y no participaba en actos violentos al momento del ataque. Un proyectil de arma de fuego impactó en su tórax, perforando un pulmón. A pesar de los esfuerzos médicos por reanimarlo, falleció en una clínica local.

A esto se suma una constante que atraviesa su carrera reciente: las filtraciones. Audios, declaraciones, piezas procesales que terminan en manos de la prensa antes de consolidarse en juicio. Esa dinámica ha alimentado investigaciones disciplinarias ante la Comisión Nacional de Disciplina Judicial y reforzó la percepción de un fiscal que litiga también en el espacio público, no solo en el judicial.

En el fondo, el caso de Mario Burgos no es solo el de un funcionario. Es el reflejo de una tensión más amplia dentro del sistema penal colombiano: la presión por mostrar resultados frente a la necesidad de respetar las formas. Por eso, cada expediente que pasaba por sus manos terminaba siendo algo más que un proceso judicial.

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